viernes, 20 de febrero de 2009

El 1er Aniversario de "tigrero" lo celebramos con... ¡ Azucaaaaa' !

Confieso que la música cubana siempre me ha parecido la mejor y más versátil de las que he oido, por ello fue deliberado que las primeras tres entradas de este blog
estuviesen referidas a esa música. Así que, para todos los que han colaborado con el blog, tanto lectores de la red como a los colegas blogueros, y a cuenta de "cumpleañero" quiero reeditarles una de esas entradas escrita por el venezolano Tulio Hernández a propósito de la desaparición física de "La Guarachera de América". Les recomiendo que tomen palco, pues lo que leerán a continuación es sencillamente de antología.





EL TEMPLE DE LA ALEGRÍA



La más conmovedora imágen que conservo de Celia Cruz no corresponde a ninguno de los espectáculos en vivo a los que tuve la suerte de asistir. Tampoco tiene que ver con los videos de sus múltiples conciertos -que van desde los filmados en blanco y negro y con los puntos blancos del paso
del tiempo sobre el acetato, hasta los capturados con la última tecnología digital-. En realidad la imágen a la que me refiero proviene de la literatura y la encontré en una crónica del Village Voice, el gran semanario de arte y espectáculo neoyorquino publicado pocos días después de la muerte de Tito Puente. La crónica, que trata efectivamente de la vida y obra del Rey del Timbal, incluía una amorosa descripción del último concierto en el que Tito y Celia se habían presentado juntos. El cronista, en
vez de abordar lo más evidente del espectáculo -las piezas interpretadas, la magistral ejecución de los músicos, las frenéticas "descargas" de Tito, el vestuario extravagante y la peluca estrambótica de Celia, su atiplada voz, el "saoco" de la coreografía, la reacción del público y un
abigarrado etcétera-, prefirió contarnos lo que más le impresionó tras bambalinas: El momento cuando, en medio de la penumbra de los entretelones Tito Puente y Celia Cruz
subían, con suma dificultad, ayudándose el uno al otro lentamente y aferrándose casi a cuatro manos a las barandas
de la angosta escalera que los llevaría a la tarima de su presentación, y la manera cómo, una vez que ponían sus pies sobre el escenario y que repentinamente los focos los iluminaban en medio del atronador aplauso del público, una especie de fuerza sobrehumana, de energía arrolladora los poseía, transformándolos en vitales monstruos de la escena, súpershowmans que nada o muy poco tenían que ver con aquellos dos ancianos debilitados por la enfermedad que minutos antes emprendían, titubeantes, el ascenso hacia el encuentro con su público; pero que en ese momento mágico se comportaban como un par de adolescentes deslumbrados que durante más de una hora retosaban de lo lindo haciendo de las suyas en la tarima. Ella, cantando y bailando derrochando alegría, mientras él, con sus baquetas electrizadas, azotaba impenitente y feliz, el eterno timbal que desde muy joven le acompañó.Esa imágen, descrita por un crítico norteamericano de cuyo nombre no logro acordarme, resulta preciosa para entender el aporte más importante de la presencia de Celia Cruz en la cultura Latinoamericana: Su escrupuloso profesionalismo y su capacidad de entrega absuluta en cada presentación. Algo que atenta contra esa concepción de indisciplina que siempre se nos ha achacado a los latinos.





Esa capacidad proverbial de resistencia para mantenerse en escena hasta los últimos días de su vida, no fue una dádiva de la naturaleza. Celia, como ella misma nos contara una vez en los pasillos del Hotel Tamanaco en Caracas, llevaba una vida de lo más recogida y ordenada -si se quiere, a contrapelo de la imágen convencional que suele tenerse de una rumbera- que le permitió alargar sus años en la industria del espectáculo sin ver disminuida su calidad en escena y aptitud vocal. No por casualidad algunos la compararon con una especie de atleta de alto rendimiento, que luego de una carrera de fondo -cada concierto- se concentraba en recuperarse y ahorrar energías para la próxima competencia, lo que le permitió siempre estar de moda en su maratónica vida artística para llegar a ser la estrella de más de una generación.



Ella, a diferencia de otros famosos cubanos en el exilio, nunca fue activista política, ni siquiera de manera declarativa y eso que estamos hablando de una cubana de carácter universal, sólo superada por el poeta José Martí. No obstante
fue una verdadera víctima de la política. Ignorada de forma oficial en su propia patria (en "El Diccionario de La Música Cubana" de Helio Orovio, La Habana,1981, no aparecen las palabras "Celia Cruz" por ningún lado) aunado al drama personal de tener que pasar más de la mitad de su vida en la condición de exiliada, pues toda vez que lo solicitó le fue negada la entrada a su país, primero para asistir al entierro de su madre, y luego al entierro de su padre. Lo cierto es, que nada de esto amargó su espíritu ni ablandó su entusiasmo. Había optado por la alegría y así lo hizo hasta sus últimos días.



Tulio Hernández, El Nacional, Caracas, 20 de julio del
2003

viernes, 13 de febrero de 2009

Wall.e & Eve / o la ternura electromecánica







A Tamaris Navarro de Salgado, amiga entrañable


Mucho antes de que Isaac Asimov acuñara la palabra "robótica" y enunciara sus tres primeras leyes, ya estaba en el tapete la discusión de que si un robot podía o no llegar a tener sentimientos. Creo que pensar algo como esto es simplemente la aspiración humana de una obra a nuestra "imágen y semejanza" otro indicio de que nuestro instinto creador viene dado por el hecho de que el hombre es producto de la creación de un Ser Superior. Pero -teología aparte- esa inquietud de que un robot pueda tener capacidad de sentimiento fue abordada de forma dramática por Steven Spielberg en su película "Inteligencia Artificial" pero en Wall.e se cambia el dramatismo desesperanzador por la ternura electromecánica.
Se trata de un robot herrumbroso como una caricatura cúbica destinado a clasificar y compactar deshechos sólidos de la superficie terrestre (de hecho, el nombre son las iniciales en inglés de esas funciones) . Está inmerso en la monotonía del trabajo de siglos en un planeta prácticamente desierto y deteriorado por el mal uso que los humanos hicieron de él. Sin duda que además de el mensaje ecológico , se retrata el vacío existencial del hombre en la modernidad. Hasta que conoce a Eve, una robot explorador avanzada para la detección de actividad fotosintética, es decir vegetal; el non plus ultra de la sofisisticación en tecnología robótica. De ahí en adelante "el flechazo".
Si bien, la trama es muy lineal y predecible, hay que resaltar la calidad de los acercamientos, la fotografía, el diseño de las máquinas, incluso, se hizo un prototipo a escala natural, y los paisajes de un planeta tierra devastado por la desidia, incluyendo su espacio exterior inmediato colmado de chatarra espacial.
Una de las mejores concepciones de la cinta, es la referida a los sonidos de los robots. Casi tres cuartas partes de la película transcurre sin ningún diálogo pues lo único que se puede oir entre ellos son "sus nombres de pila". Por lo demás, todos sus mensajes son eminentemente gestuales, para lo cual los prismáticos (fotoreceptores de Wall.e) son movidos de forma convincente, además del excelente uso del lenguaje corporal, el cual es menos evidente en Eve por poseer un levitante cuerpo de forma elongada como un huevo de reptil que no le permite dichos movimientos, pero que ésta compensa con la iluminación interna que aflora a la pantalla fluorescente de los dos tonos azules de sus ojos que expresan plenamente todos los sentimientos particulares de un humano, desde el enojo hasta el amor.
A pesar de que en cierto punto hay una interacción con una colonia humana exiliada en el espacio y deformada por la ingravidés y sobre todo por el sedentarismo (que por cierto, la vista de estos humanos es tan patética que atenta contra la verosimilitud de la historia por su concepción tan caricaturesca) las escenas más memorables son las ocuridas entre los dos robots: el intercambio de souvenir, el encendido de una vela, la angustia de los desperfectos mecánicos de cada uno, la danza espacial, la huida y sobre todo, la unión de las manos.
Puede que los robots nunca lleguen a tener sentimientos, pero de lo que si estoy seguro es que la historia de estas dos maquinitas, contribuirá a que seamos un poquito más humanos con nosotros mismos y con todo lo que nos rodea.




Alí Reyes H.

Para saber de las curiosidades de la película, recomiendo:www.zonafandon.com/cine-ciencia-ficcion/especial-wallece-curiosidades+wall.e
www.cineando.com