miércoles, 26 de diciembre de 2012

Gaita con Gaita / Venezuela y Las Tierras Altas del Norte











Este es uno de los tantos casos en que una misma palabra designa cosas diferentes. Todos conocemos la gaita como ese instrumento de viento del noroeste europeo fabricado con un saco de origen animal que actúa como fuelle para potenciar los sonidos de un juego de flautas y que suele asociarse a esos tejidos de líneas y cuadros -tartanes- que caracterizan a las prendas de vestir escocesas. Pues bien, lo que pocos saben es que "La
Gaita" también es un género musical avasallante debido a su rapidez y ritmo atropellador con letras vernáculas y espavientosas tal como la idiosincracia de los habitantes del Zulia, esa suerte de "Caribe extremo" ubicado en Venezuela y que es, en ese país el signo
característico de la navidad. 
Sus instrumentos principales son, las tamboras tocadas con dos palos (con una técnica bastante complicada, se los digo por experiencia) el furruco, tambora con vara que produce un sonido membranoso, pero que últimamente ha sido sustituida por el bajo) guiro, especie de charrasca metálica y el infaltable cuatro. Por supuesto, ahora se han introducido toda suerte de istrumentos electroacústicos que le dan colorido a la gaita pero siempre con los instrumentos básicos. Ahora bien, desde el 2001 surgió un grupo pop


 venezolano que toma los aires de la antigua música Celta para fusionarlos con ritmos de raiz tradicional venezolana en particular y latinoamericana en general, dándole un color impresionante a ambas tradiciones. Se denomina Gaélica, nombre de una de las primeras tribus nórdico-occidentales que impuso su idioma por mucho tiempo en gran parte de ese neblinoso mundo. Gaélica ha grabado varios discos de navidad, pero hoy me quiero referir a este "Gaita con Gaita" que dejo con ustedes. Disfrútenlo:

http://www.youtube.com/watch?v=ZUGBSmPb1jo

jueves, 6 de diciembre de 2012

Alfredo Rodriguez / El pintor de la Reserva India












Si hay algo que siempre he admirado, es la capacidad que tienen algunos pintores para retratar personas, y no digamos escenas. Ejemplo de eso es el pintor mejicano Alfredo Rodriguez (1954) quien a los 6 años de
edad, por un regalo del "niño Jesús", que consistía en un block de dibujo y una cajita de colores - así serían de pobres sus padres- descubrió las cualidades innatas para el dibujo y el retrato al punto de que a los 14 años ya ayudaba a su familia gracias a su talento. De esa obra pictórica tan prolífera la que más destaca es la referida a las comunidades indígenas de la América del Norte. Por supuesto que ha trabajado tomando como base antiguas fotos familiares y costumbristas llevadas a las técnicas del
hiperrealismo, donde se destacan escenas de la pintoresca legendaria como , tramperos, mineros, cazadores guerreros, colonos, jefes indios con sus tocados de plumas y toda la parlafernaria de la épica Wester que tanto llama la atención a un público masivo, aunque es bueno aclarar que eso se debe a que Rodriguez ha colaborado como ilustrador de obras literarias acerca del
tema. No obstante lo que más me atrae del legado de
Rodriguez es el acercamiento al alma de la reserva indígena, a su cotidianidad actual en ese debatirse entre las tecnologías que permiten el confort del "sueño americano" y los usos y costumbres que imponen las tradiciones. Ese día a día que está más allá de las postales y los recorridos turísticos  ¿Cómo pudo lograrlo? Él mismo confiesa que no fue fácil. Hubo mucha reticencia para que lo aceptaran en las comunidades más allá de los días y rutas para las
fotos de sourvenir, pero Rodríguez es depositario de esa paciencia de los que lo antecedieron, 
aquellos pioneros que como los misioneros, y mejor aun, los fotógrafos que en las postrimerías del siglo XIX cruzaron un Continente con sus bártulos a cuesta para rescatar en su magia tecnológica las primeras imágenes de un verdadero mundo nuevo. Así que con esa cualidad nuestro pintor frecuentó las aldeas distantes hasta que su caballete
llegó a ser parte familiar de un paisaje polvoriento y un tanto 
caótico junto a los juegos de los niños y las cocinas de la aldea. Llegó el momento en que se sabía los nombres de todos y cada quien a su manera, pasó de la natural distancia ante el forastero, a verlo convertir esos lienzos en sus propios rostros , sus tocados y vestimentas, sus animales, darse cuenta de que esas faenas nada espectaculares de alimentar un cabrito, los juegos infantiles grupales, la soledad del niño que se inicia
en 
labores pastoriles o ser testigo de los primeros pasos de un bebé podían tener una connotación irrepetible y digna de
elevarla a 
un arte imperecedero capaz de ser expuesto en los museos  de las grandes ciudades. Esa era la increíble contribución de ese forastero. Esta relación ha sido tan fructífera, que del blanco desconocido que fue tolerado con recelo, pasó a ganarse el respeto y la confianza de la comunidad tribal, tanto así que los Lakota Siux, en una expléndida ceremonia india, no solo lo aceptaron como miembro reconocido de su comunidad sino también como representante de la étnia en el Mundo. Soy de los que cree que si Rodriguez tiene herencia de los pioneros de la fotografia que dieron a conocer lo que había en ese Oeste desconocido, ahora tiene la virtud de rescatar escenas que cada día serán menos frecuente pero que ya sabemos que hay quien las está inmortalizando para la posteridad.

 









Fuentes:
www.centineladelsendero.com

www.alfredoartist.com