viernes, 2 de abril de 2021

¡Dios mío, Dios mío. Por qué me has desamparado!

 


Se trata de un grito con ecos hacia el futuro y hacia el pasado, en tanto que fue escrito unos mil años antes de Cristo y lo seguimos oyendo hasta hoy. Este drama Humano y Teológico había sido anunciado en el libro de Isaías y en varios salmos, pero es el 22, escrito por David y un salmo mesiánico por excelencia, donde se dan detalles como la horadación de sus pies y eventual descoyuntura de sus huesos, las suertes sobre su túnica y el oprobio de las gentes 

 

 Pero hoy quiero que oigamos ese salmo como lo que es, un canto agónico con todo lo que ello implica. Es por eso que les presento a Stanislao Marino, un venezolano de origen italiano, que logró plasmarlo en una suerte de lamento flamenco que nos recuerda a los ecos plañideros de las cantaoras en la procesión de Sevilla, pero que, en este caso, la melancolía del arpegio de la guitarra está matizada por el uso de los caribeños bongó,  lo que no le quita en nada esa atmósfera gitana que más bien se intensifica con las castañuelas y se siente como un "cante jondo" o mejor, como una "saeta andaluza". Y todo esto, enmarcando una letra demoledora, como es la


experiencia del Hijo de Dios en el patíbulo, como espantoso pago para redimirnos de nuestras culpas. 


domingo, 28 de marzo de 2021

Upata, un rinconcito del sur de Venezuela

 


Upata es un toponímico de origen indígena que significa "La Flor de la selva". En ella se encuentra el Lic. Juan Luis Correa quien se ha dedicado a escribir un blog para hablar de la orografía de su región: hemisferiosurguayana.blogspot.com y de allí tomamos algunas de sus fotos:







Característica "vivienda rural" al lado izquierdo. Diseñada en los años '60 por el IAN (Instituto Agrario Nacional) y el Instituto de Malariología. 




Launa seca en el Hato "Tierra Blanca



árbol de Mata Ratón Gliricidia sepium dentro de la escuela Raúl Leoni de Upata. Este árbol también es usado para hacer "cercas vivas" en los predios rurales.




Árboles de aceite o Copaibas Copaifera officilianis en el camino de La Escondida






Cañafístola llanera Cassia fístula también llamada cañandonga o carao




Cañafístola llanera Cassia fístula detalles de su floración







Árbol de mamón Melicoccus bijugatus en el fundo San Marcos, sector Santo Domingo






Bosques de galería en la planicie del Carichapo. Al fondo el cerro Machí

Para más acerca de estas fotos, recomiendo revisar esta recopilación 

http://tigrero-literario.blogspot.com/2016/03/rinconcito-poco-fotografiado-de-guayana.html

domingo, 7 de marzo de 2021

Un "algo indefinido" en las fotografías de David Homero


 Nos referimos a un fotógrafo que ya se ha hecho habitual citar en Tigrero, pues tiene una capacidad de ver en las cosas unas atmósferas que la mayoría de la gente pasa por alto. El caso es que él sí las ve y las atrapa, y por eso nos las trae en su blog "Viendo la Vida Posar" www.lavidaposar.blogspot.com



El túnel del cañaveral


Guíñame el ojo





El Camino



                  


Postales de navidad 

¿Doña Vaca..y dónde está el Bebé?




Carro patas pa' arriba




Flores del campo




El Salmo del Pastor




Camino bajo sombra




¿Cómo es la cosa?





La casa del fondo de la dehesa




La naturaleza salió venciendo




La casita del canal




Suburbio

Para ver más fotos de David Homero, recomiendo esta recopilación 

http://tigrero-literario.blogspot.com/2018/06/viendo-la-vida-posar.html




lunes, 18 de enero de 2021

Magia en la grada (crónica-relato)

 

                     


     Magia en la grada

 

Para Hely Saul Oberto R.

   ─¿Qué les parece? ¿Saben lo que dice Andy?.. ¡Que es amigo de Roger Maris!

Diciendo esto, Niki soltó una risa burlona que todos secundamos. Era lógico tomar eso a chanza cuando se refiere a un astro consagrado de las Grandes Ligas.


La reacción de Andy fue entregarse a su tradicional mutismo. ¿En realidad lo conocía? Puede que sí o quizás no, pero de que era su ídolo, era innegable. Eso lo supe desde el momento en que nos instalamos en el cuarto estudiantil que compartíamos. Mientras que, desde el lado de mi cama, Marilyn Monroe nos miraba con sus ensoñadores ojos bajo sus párpados dormilones, de perfil y a todo lo largo del encuadre, protegida de la desnudez total solo por la  delicada flexión de una de sus encantadoras piernas y recostada sobre un terciopelo carmesí que resaltaba aún más su perturbadora belleza. ¿Qué había puesto Andy en la pared de su lado?...Exacto. Un afiche de Roger Maris en pleno acto de conectar un vuela cerca.

    A pesar de que las burlas siguieron, me di cuenta  que Andy había decidido no hablar más de Maris, no obstante él y Niki Bryan siempre hablaban de

Babe Ruth 

béisbol con mucha propiedad pues ambos dominaban los llamados “numeritos” y fue así que supe que el zurdo Roger Maris ─prácticamente un desconocido en 1961─  había tenido la irreverencia de quebrar  la marca de más jonrones en una temporada, establecida treinta y cuatro años antes por “su majestad” Babe Ruth. Aunque por lo regular en estas conversaciones  yo prefería ver a otro lado porque mi conocimiento de béisbol se limitaba a saber que Joe Di


Marggio era una leyenda viviente ¿cómo no iba a serlo si fue el esposo de La Monroe?

    Todo cambió cuando supimos que el equipo de Roger, Los Cardenales de San Luis, jugarían contra Los Piratas en Pittburgh ¡A solo dos horas y media de Akron! Ahora si íbamos a saber si era verdad lo dicho por Andy. La voz se corrió con tal fuerza que otros tres compañeros estuvieron dispuestos a ir también a Pennsylvania.

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    La noche anterior, Andy estaba muy nervioso. Lo supe porque me despertó. Así que me llené de paciencia y le pregunté por qué no descansaba. Y fue allí, sentados de frente al borde de cada cama, cuando me confesó   que era posible que Roger no lo reconociera ¡Tanta gente lo abordaba! Y creo que para darse


valor me contó que creció a la sombra del Estadio de los Yankees y que él tenía once años cuando, en 1960, Roger Maris pasó de los Atléticos de Kansas a los Yankees, presenciando como su incorporación le dio un vuelco a la novena neoyorquina que estaba de capa caída, pues era impecable tanto con el bate como con el guante.

    Andy llegaba al estadio con dos horas de antelación para sentarse al lado derecho, el campo que cubría Maris, y verlo calentar. Tanto así que la figura de Andy se hizo familiar para los jugadores y para el mismo Roger, así que un día  se llenó de valor para acercarse a la valla y pedirle que le regalara uno de los bates con que había dado un jonrón “Por supuesto, te daré el primero que rompa” Y en efecto, así fue. Se lo trajo desde Anaheim, California, donde había conectado contra Los Angelinos. Hasta que Maris fue transferido a Los Cardenales de San  Luis. Un día aciago para él, salía de su equipo y ya no lo vería más. ¡Había pasado tanto tiempo de eso! Era natural que Maris no se acordara…aunque ¿Si se había acordado de él cuando rompió el bate, por qué lo iba a olvidar ahora? Por otro lado ¿tanta gente le había pedido bates y pelotas? ¿quién era Andy para que se acordara de él si ni siquiera sabía su nombre?

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     Ese nueve de mayo de 1967 llegamos al campo Forbes con suficiente antelación para elegir los puestos frente al jardín derecho.   Eso de la superstición en el deporte no es algo limitado a los jugadores pues Andy eligió el asiento nueve en la fila nueve, el que tomaba en Nueva York.  Ya Maris estaba haciendo ejercicios de calentamiento, así que bajamos a la cerca. Confieso que si Andy estaba emocionado, por mi parte  estaba asustado pues no quería ni imaginar  el papel de hazme-reír que haría Andy  si Maris no lo reconocía.

─¡Hola!

  Maris seguía imperturbable. Puede ser que no sabía que era con él, y con una voz temblorosa Andy insistió.

─…Rog

   Los dedos de Andy, crispados en la reja, me parecieron a los de un prisionero en sus últimas horas ante la expectativa de la silla eléctrica. Así que gritó con más fuerza.

─¡Hola Rog!

    En ese momento volteó y lo vió. Terminó de hacer un lanzamiento y se volteó hacia  Andy con los brazos en jarra dando un grito que se oyó del diamante al jardín central.

─¡Andy Strasberg!..¡¿Qué diablos estás haciendo en Pittsburgh?!

Diciendo esto, hizo una señal a sus compañeros de equipo y trotó hacia la entrada de la grada.

Cuando nos reunimos allí, era evidente el esfuerzo de Andy para dominar la emoción y no gritar de contento.

─Te cuento Rog. Venimos de Ohio porque estoy estudiando en la universidad de Akron y mis compañeros querían conocerte.

    Por mi parte, más que ver al Astro,  no me cansaba de observar la sorpresa reflejada en los rostros y las bocas semi-abiertas de Niki y los demás compañeros, ¡estaban mudos! Apenas les salía un hilo de voz para tartamudear sus nombres.

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    Hoy que evoco ese recuerdo, reconozco que, aunque sigo siendo un lego en la materia, la figura de Roger Maris me ha mantenido unido a Andy, a pesar de la bifurcación de rumbos luego de graduarnos de administración. El buscó trabajo en el área de béisbol y ¡Claro que lo encontró! Siempre hemos estado en contacto a pesar de que la última vez que nos vimos fue en 1976 durante su matrimonio. Se casó en el home del estadio Jack Murphy, en San Diego. En ese momento me enseñó con orgullo el regalo y la tarjeta que Roger y Paty, su esposa,  le habían enviado.

   


Roger Maris murió de cáncer linfático en 1985. Esa vez Andy me escribió una carta donde me daba detalles de los funerales. Fue en Fargo, Dakota del Norte. Luego de la ceremonia se acercó a Paty, quien, al verlo, no dejó  que le diera el pésame, sino que se acercó y lo abrazó en silencio. Él prefirió quedarse callado, hasta que ella se separó y se dirigió a sus seis hijos: “Les presento a alguien muy especial: Andy Strasberg”. A lo que el pequeño Roger Maris hijo, respondió: “Tú eres el admirador número uno de papá”.
    

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    Volviendo a la primavera de 1967 en Pittburgh. En la sexta entrada Roger se puso al bate y momentos después conectó un trallazo. El característico sonido seco ─como el descorche de un champagne─  hizo eco a lo largo y ancho del Forbes. Seguimos el arco creciente de la bola y cuando estaba en lo más alto advertimos que venía hacia la grada derecha. Todos se levantaron, en especial nuestro grupo y fue así que comenzó una algarabía de gritos y codazos. Ahora la pelota venía hacia nosotros como en cámara lenta. Por instinto fui a contra corriente de los aficionados (le tengo miedo a cualquier objeto contundente que venga desde el cielo hacia mí) pero los muchachos gritaban “¡Es mía, es mía!”. Tenían la ventaja y estaban en la mejor posición en medio de un bosque de  manos extendidas y corazones palpitantes. ¿Pueden adivinar quién fue el que la atrapó? …¡Andy Strasberg!

    Andy lloraba como un niño. Un policía se acercó y nos dijo que Roger quería vernos. Lo seguimos hasta uno de los túneles de acceso a los servicios donde Roger venía apresurado y sus palabras hacían eco en la estructura de concreto.

 ─¡Andy, no lo puedo creer!...¡No lo puedo creer!

A lo que Andy respondió.

─¿No lo puedes creer?...pues…¡Yo tampooocooooo!

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Puede que alguien diga que Andy era el más alto de nosotros seis. Pero tiene que haber algo más. Las posibilidades de que el número nueve dispare un jonrón al asiento nueve de la hilera nueve un nueve de mayo son ínfimas, por no decir casi nulas ¿Magia? Si, una magia que solo puede ocurrir entre un fanático y su ídolo de la niñez.

Andy Strasberg y Roger Maris


 

El que esto escribe, tuvo la oportunidad de contactar a Andy Strasberg y pedirle la autorización para publicar esta anécdota en formato de cuento. Algo que agradezco de manera pública.

Andy Strasberg hizo carrera desempeñándose como director comercial del equipo de béisbol Los Padres de San Diego.




                                                                                              Alí Reyes H

Marzo del 2017




Este relato fue publicado en agosto del 2020 por la editorial Torcaza de Colombia

martes, 22 de diciembre de 2020

Espectro (crónica)

 


Espectro

Para Estrella García Coronado,

hija de Libia y Don Rómulo

    Al traspasar la puerta de celosía del zaguán, vi a mi tío Romito recostado   sobre unos sacos de maíz apilados en el corredor, inmerso en la resaca de cocuy barato. Él mismo había dado órdenes de que al estar así no le dejaran pasar a su casa, pues no quería que su hijita lo viera en ese estado.

    Era difícil acostumbrarse a esa imagen, siendo que Rómulo García Hernández era uno de los intelectuales más brillantes que había dado, no digamos que el pueblo de Cabure, sino la Sierra de Falcón entera y, según los entendidos, era un poeta que no tenía nada que envidiarle a Elías David Curiel o al mismísimo Andrés Eloy Blanco; además era un hombre trabajador y valiente, al mejor estilo de un Lord Byron, al punto de estar dispuesto a morir en un duelo por su amada. Eso fue así hasta que Libia, su esposa, murió en el parto. La Bebita sobrevivió, pero eso no fue suficiente para sacarlo del foso de la desesperación y del consecuente alcoholismo.

Ahora, de su valiosa literatura, solo quedaba una que otra hoja perdida en el piso de un botiquín y nada de la brillantez del otrora “Parnaso serrano”.

    Entré a la biblioteca de la casa con el sabor amargo de ver a mi Tío así; pero esa reflexión sombría se desvaneció cuando me dediqué a revisar unos baúles para organizar mis libros de ajedrez. En eso estaba, cuando encontré un cofrecito de madera cuyo fondo estaba cubierto por una foto en sepia de Libia.

    Salí al corredor y me acerqué a tío Romito.

─¡Tío, Tío…mire lo que hallé en el baúl!

    En medio del sopor pudo reaccionar y trató de sentarse. No dejé que me preguntara, sino que puse el cofrecito en su mano.

    Quedó un rato viéndolo hasta que lo ayudé a incorporarse y en silencio, comenzó a caminar por el corredor. Sus pasos sobre las baldosas de arcilla hacían eco en los corredores de La Concordia, esa amplia casa solariega, mientras que su mirada permanecía clavada en el cofrecito.

    Lo dejé solo con su dolor y volví a la biblioteca. Pero al poco rato oí que me llamaba.

─¡Orlando!

─¡Diga, Tío!

─¡Tráete lápiz y papel, y por favor, escribe lo que te voy a decir !

 

Exhumando recuerdos de la fosa

de cuando ayer amó mi fantasía

un cofrecito donde cada cosa

tiene un trágico aspecto de agonía

Desteñida y polvosa

encontré la imagen de la amada mía

a quién di la promesa cariñosa

de morir de dolor si ella moría

Más al verme con los restos de ese encanto

perdidos en la remota lejanía

una gota de llanto

que silenciosa por mi faz corría

Me recordó, que allá en el camposanto

Ella me está esperando todavía

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    ¿Acaso tío Romito, o mejor dicho, Don Rómulo García, quien antes de caer en desgracia había sido un caballero de palabra,  había dejado de cumplir la promesa que alguna vez le hizo a su amada?


De ninguna manera. Es más; lo hizo de la peor forma, porque ahora él era solo el espectro de un hombre que, hacía tiempo, había dejado de existir.

 

 

Alí Jesús Reyes Hernández

 Cabure, estado Falcón, Venezuela, 6 de enero del 2017 

domingo, 29 de noviembre de 2020

Una Guitarra en la selva (crónica relato)

 

    Una Guitarra en la Selva


Para Alí Rafael Reyes, mi padre.


    Pulsé la tecla play, del magnetófono Ferguson Electronic de bobina descubierta.

─Listo. Ahora sí. Iniciemos por vuestra infancia ¿Quién de vosotros comienza?...Bien, adelante.

─Con respecto a nuestra infancia ¡Guauu!...Cuando te decimos que nuestra infancia fue feliz, ten por seguro que no hay nada de retórico en ello. Éramos unos indiecitos que tenían a su disposición la Naturaleza en pleno. Nuestro trabajo consistía en explorarla, estudiar la rutina de los animales, sus madrigueras, los senderos que recorrían, dedicar horas  a nadar y a pescar o tratar de obtener la mejor verada para fabricar las flechas más precisas, y ayudar a construir la curiara o canoa familiar. Una infancia donde cada día traía algo nuevo.


 Por supuesto, la muerte para nosotros no era algo abstracto, y el mejor ejemplo, eran esas eternas noches en que, atisbando la luz de las antorchas, entre la maya del chinchorro, llegábamos a escuchar los rugidos del jaguar. En algún momento llegué a orinarme. No obstante y en resumen, creo que vivimos la infancia que todo niño hubiese querido para sí.

    Natalicio, hizo una pausa. Su hablar, era como del que sopesa cada palabra antes de expresarla. Al principio pensé que eso se debía al manejo de otro idioma, pero resulta que lo dominaba a la perfección,  así que, sin duda, se debía a la proverbial taciturnidad de los indígenas.  Prosiguió.

─Un recuerdo especial, eran esas noches cuando la claridad temblorosa de la hoguera se reflejaba en la cara de los ancianos que nos contaban historias. En alguna ocasión, nos habían dicho que el mundo era más grande de lo que imaginábamos, pero como no podían darnos más detalles, siempre creíamos que se limitaba al horizonte azul de la selva. 


Hasta que una tarde, una partida de muchachos, estábamos de correrías muy lejos de nuestro nuevo vivaque –cada cierto tiempo recogíamos todo y nos mudábamos a otro sitio – cuando, entre la jungla, divisamos un claro con  árboles frutales, matas de banano y arbustos de mandioca o yuca, y en el centro estaba una choza de bahareque. El conjunto se apreciaba en total abandono, maleza entre los árboles y una casita semiderruida. Nos acercamos sigilosos y, a  Antenor  y a mí, nos tocó verificar  si había alguien en la casa.

─ La puerta estaba hecha de varas amarradas con fibras vegetales y caída de sus goznes, lo que le daba un aspecto de cortina desmantelada. Al asomarnos oímos las alimañas que estremecían la hojarasca. Podía tratarse de iguanas o varanos. Gracias a unos rayos transversales que se filtraban por el techo de palma y entre los terrones y las varas, se apreciaban minúsculas motas de polvo suspendidas en una suave penumbra, que hacía ver el interior de la casucha más triste aun que si estuviese invadida toda por las tinieblas.

─De inmediato avisamos que se podía entrar al conuco, pero nosotros no pudimos dejar de explorar la choza, pues tenía ese encanto misterioso de los paisajes en abandono. Algunas calabazas o totumas agujereadas, cascajos de antiguas tinajas, restos de viejas esteras. Nos acercamos al antiguo fogón; debajo de él estaba un amontonamiento de cenizas y al lado, había un atajo de leña en desorden. No le hubiese hecho caso, pero la tenue luz, al filtrarse, hacía que brillaran unos destellos. Le pedí a Antenor que me ayudara a remover los leños en previsión de que una serpiente estuviera tomando abrigo entre los palos.

    Natalicio volvió a hacer una pausa y me di cuenta que el movimiento del local era un rumor lejano. El silencio era tal, que se podía captar el siseo de la cinta. Hasta que fue roto con una exclamación que le hizo brillar los ojos.

─¡Allí estaba!  Nunca habíamos visto algo parecido. Era una guitarra. Estaba cubierta por  la ceniza,  pero al pasarle la mano y ser tocada por un rayito de atardecer, se descubrieron los dos tonos de su madera, la tapa clara, las cuadernas y la parte de atrás rojiza. El dibujo alrededor del hueco lo hacía ver como el centro de una estrella de cinco puntas – tiempo después llegamos a ver una película de Gardel donde aparecía con una guitarra de un diseño similar- el mástil estaba en buen estado, pero la caja tenía algunos quiebres, además del óxido del clavijero. Por fortuna, tenía sus cuerdas completas.

─Los muchachos nos llamaron para que les ayudáramos a cargar los bananos y las mandiocas. Ninguno de ellos supo explicar qué cosa era la que habíamos hallado. Lo que si me dijeron era que dejara ese cachivache allí y que los ayudara a cargar la comida. Casi nos vamos a los puños al manifestarles que me llevaba el cachivache así no transportara más nada. Al fin desistieron –yo tenía fama de ser un buen luchador- y la guitarra duró un buen tiempo guindada en el techo de la troja. Unos sospechaban que era una herramienta de los chamanes para llamar a los espíritus. Yo llegué a pensar que se trataba de una maraca gigante en vista de que, al introducirle semillas  y agitarla, estas duplicaban su sonido. Aunque Antenor estaba seguro que se trataba de un tambor de madera debido a los sonidos tan variados según se golpeara a la orilla o al centro de la caja. Pero quedaban muchas incógnitas, por ejemplo, el material tan extraño de las cuerdas.

    Hizo una nueva pausa para tomar un sorbo de vino y aproveché para ver el reflejo que los espejos devolvían de nosotros tres en medio de un ambiente tan aristocrático. Sin duda, había sido acertada la elección de este sitio. El local más famoso de la carrera de San Jerónimo y quizás, el de todo Madrid. La comida había sido excelente y el vino, ni se diga ¡Con una cuenta tan abultada no faltaba más!  Pero había valido la pena, pues yo trabajaba para la revista de farándula más famosa de habla hispana y  mis entrevistados me estaban proporcionando detalles no descritos en ninguna de las entrevistas que había revisado.

─¿Cómo fue entonces que descubristeis que esa cosa era una guitarra?

─Eso lo supimos después de descubrir también al hombre blanco. Disculpa si la expresión suena un poco a novelita western, pero es la mejor forma de describir la diferencia entre el criollo y nosotros-  Se trataba de un grupo del ejército brasileño que estaba haciendo unas mediciones limítrofes de la zona. Nunca habíamos visto hombres tan blancos ni tampoco hombres tan negros, trasladaban sus enseres sobre mulas (primera vez que veíamos esos animales) y por algún tiempo llegamos a pensar, que para reunir la condición de blanco o criollo, había que vestirse con el uniforme de kaky que por ese tiempo usaba el ejército del Brazil.

El grupo, por medio de un intérprete, entabló comunicación con mi padre y los ancianos de la tribu, y a nosotros se nos permitió ir al “campamento de los blancos”, y fue así como conocimos a Fabiano, un  topógrafo que tenía una guitarra. Nos sorprendimos al verla, pero más aún cuando la tocó. Cantaba y se acompañaba. No teníamos ni idea de lo que decía.. Debo recordarte, que las frases  en portugués que manejábamos, eran cosas como bon dia, o que é isso y Muito obrigado  no obstante, sentíamos que los sonidos que salían del instrumento eran un lenguaje que sólo podía ser captado por el alma humana y que si bien, habíamos estado errados acerca de lo que era el instrumento, no nos habíamos equivocado, al sospechar que se tratada de una caja sonora para llamar a los espíritus ¡Eso era Magia!

Al día siguiente nos presentamos en el campamento con nuestra guitarra. Trabajábamos ayudando a los que hacían las picas para las señalizaciones y a las partidas de caza, a cambio, nos enseñaban el idioma y nos daban muchos alimentos para nuestra familia pero, sobre todo, pasábamos la noche golpeando la encordadura de la guitarra para aprendernos los tonos. Cuando terminaron su trabajo, insistimos ante nuestro padre para que nos dejara ir con ellos. Creo que papá, con la sabiduría que dan los años, comprendió que la música nos había hechizado y que no la íbamos a abandonar hasta hacerla parte de nuestro ser. Por eso tomó la salomónica decisión de que la familia acompañaría a los criollos hasta donde pudiésemos aprender más con la guitarra o hasta que se nos pasara esa “fiebre de temporada” además, por principio éramos nómadas ¿Por qué no dar un viaje “al pueblo del hombre blanco”?

Estuvimos a la zaga del destacamento, hasta que salimos a los asentamientos rurales, de allí en adelante nos separamos de ellos y comenzamos a trabajar en la recolección de las cosechas. Así fue como comprendimos el valor del “dinero”. Entre mis hermanos y mi padre, éramos más de una docena así que, cuando aprendíamos bien la técnica, le caíamos a las parcelas como hormigas selváticas, en especial nosotros, que no veíamos la hora de salir para volver a aporrear por turno la guitarra. El trabajo era arduo y mal pagado, no obstante, además de la música había tantas cosas por descubrir, que de forma permanente estábamos deslumbrados, la primera visión del mar, canciones que salían de un cajón (el tocadiscos) casas con la luz del sol trasladada a la noche (la energía eléctrica) casitas rodantes (los camiones) ¡En fin!

─¿De qué año estáis hablando?

─Eso fue en 1932 y como te digo, fue una temporada donde deambulamos mucho y en algunos momentos no había suficiente trabajo. Pero en Rio Grande do Norte nos topamos con unos guitarristas callejeros y quedamos extasiados. En consecuencia, nuestro padre sacrificó parte de los recursos familiares, para procurarnos otra guitarra usada. Luego, nos vimos en la necesidad de separarnos del grupo, pues nuestra rutina de trabajo cambió cuando nos convertimos en guitarristas callejeros. Entonces, echando mano de una economía monástica, fuimos reuniendo valor para tocar en los cafetines, los bares, ferias y circos. Creo que la gente nos daba una que otra moneda, más por lástima que por admiración.

 

  Su risa silenciosa era discreta en sus labios pero ¡Cómo brillaba en sus ojos!

─Cuando fuimos a Rio de Janeiro, era porque ya habíamos mejorado  la técnica y nuestro repertorio era más variado. Así que, latinizamos nuestros nombres (los anteriores eran Mussapere y Herundy) confeccionamos unos avíos con plumajes coloridos y nos denominamos como nuestra tribu, Los Indios Tabajara.

─ El caso fue, que para nuestra propia sorpresa, el largo esfuerzo comenzó a dar su fruto pues, aun estábamos aprendiendo a leer -por cierto, todavía devoramos los libros como si se fuesen a acabar pues es la forma directa de alimentar la memoria personal, a partir de las experiencias ajenas- cuando empezamos a ver nuestros nombres en el periódico ¡Llegamos a tener esos recortes en nuestro equipaje, hasta que se deshicieron!

    Ahora intervino Antenor.

─Creo que lo que más nos ayudó al principio –y todavía es así- fue el sentido del humor de Natalicio, del que echaba mano para que la gente no reparara en nuestras faltas como músicos y se riera con las bromas que intercalaba entre pieza y pieza.

 

─Dadme un ejemplo por favor.

─Estando en Estados Unidos llegó a comentar algo como “Dicen que mi inglés no es muy bueno pero… ¡A los japoneses les encanta!” O la vez que estábamos en Italia… ¿Te acuerdas Natalicio?

─¿Recuerdo qué?

─¡Lo del embajador!

─Ah... Era en Roma

─Bueno. El asunto fue que nos enteramos de que el Embajador de la República de la India estaba en uno de los balcones presidenciales y al terminar un set latinoamericano, Natalicio dijo algo como “Tenemos el honor de la visita del embajador de la India con su familia ¡Un aplauso para ellos! …Por cierto, le voy a pedir el favor de que al final de la presentación me espere porque, en vista de que Cristóbal Colón estaba equivocado, estamos interesados en  ver a un verdadero indio con certificado de origen”. . .


─Precisamente, antes de que me habléis de sus giras internacionales, quisiera volver a la parte histórica. Entendiendo que en vosotros se desarrolla la historia de la civilización occidental en pequeño.

    A lo que Natalicio replicó con su amplia sonrisa.

─A propósito. No sé quiénes se interesan más en nosotros, si los músicos o los antropólogos.

─En efecto Natalicio, esa es mi inquietud, pues todo lo que me habéis contado no explica todavía lo que los grandes académicos han comentado acerca de vosotros, cuando afirman que infunde respeto la disciplina requerida para hacer la versión de “El vuelo de la Mosca” de Jacob Bittencourt o la adaptación a guitarra que hicisteis del Nocturno Opus 9 para piano de Chopin o la Ronde des Lutins  para violín de Bazzini y qué decir de los contrapuntos que han hecho  de las complicadísimas fugas de Bach. Incluso, aquí en Madrid, donde los críticos suelen hacer añicos a guitarristas notables, vosotros habéis tenido un éxito que se resume en ese titular de primera plana “La Historia se invirtió. Ahora son unos indios los que conquistan a España”.

    Esta vez fue Antenor quien me atajó.

─Por supuesto, esto es algo que nos da mucha alegría, pero, en toda nuestra carrera, la mayor satisfacción profesional que hemos tenido fue en 1958, cuando estábamos en Nueva York y logramos contactar una cita que estaba concebida como un breve compartir con una sola persona; pero el compartir se fue convirtiendo en una presentación, al punto que, el anfitrión, decidió hacer unas llamadas y cancelar los compromisos que tenía esa noche, para dedicarse a oírnos. Se trataba, nada más y nada menos, que de Andrés Segovia, el artista que elevó a la guitarra a la categoría de instrumento de concierto. El caso es, que tocamos para él por más de dos horas.

   


La sonrisa de satisfacción de Antenor era tan radiante y a la vez tan discreta como lo puede ser una huidiza luciérnaga. En ese momento, se apersonó el sommelier para escanciar una botella, y aproveché para aclarar más lo que les había planteado.

─Contadme de ese salto a la música académica.

    Antenor volvió a responder.

─Nuestro período de aprendizaje ha sido largo, de hecho ¡Todavía estamos aprendiendo! Por mucho tiempo trabajamos en cervecerías, pero en las tardes íbamos al cine, pues las películas eran una forma de conocer más de ese mundo que de continuo estábamos explorando. Fue precisamente allí, donde vimos un film acerca de Frédéric Chopin. El hechizo fue tan grande que al día siguiente compramos un primer disco de clásicos y no hemos dejado de coleccionarlos. Pero también comprendimos que abordar esta música no era como hacerlo con la  popular. Estaba claro que si queríamos emprenderla con la clásica, teníamos, no sólo que doblar las horas de ensayo, sino también, estudiar música en serio.  Lo cierto es, que el costo era inmenso. Por un tiempo lo discutimos, pues teníamos en cuenta, que tendríamos que desaprender para aprender de nuevo.

─Si hay algo que uno comprende con los años, es que los atajos tienden a hacer más largo el sendero. No sé hasta qué punto, la falta de música de nuestra niñez fue también un aliciente para emprender la tarea con tanta, disciplina y pasión. Aunque, debo reconocer que hubo un incidente que nos convenció. Pero pasaron años antes de colocar piezas clásicas en el repertorio.


─Me consta que es un sonido excelente. Pero decidme ¿Cuál fue ese “incidente”, que os decidió a estudiar la música de manera formal?

    Esta vez fue Natalicio quien respondió.

─Precisamente, cuando nos debatíamos en el dilema de volcarnos o no a la música clásica. Nos presentamos en un local de Sao Paulo donde, el maestro de ceremonia nos presentó con algo que…ahora que lo veo en frío y a la distancia, reconozco que era totalmente cierto, pero en ese momento me cayó como un balde de agua fría en medio de un profundo sueño. Sin embargo, gracias a eso –todo hay que decirlo- fue que nos dedicamos a aprender.  Pues bien, la presentación, fue algo así: “He aquí unos indios ignorantes de la teoría de la música pero que a pesar de eso, la hacen sonar de maravilla”.

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Antenor y Natalicio Moreyra Lima “Los Indios Tabajara” tuvieron una trayectoria artística de más de cuarenta años, que los llevó a hacer giras en Sudamérica, Norteamérica, Europa y Japón. Además de su obra clásica, se les recuerda por sus versiones para guitarra del cancionero popular y folklórico internacional, algunas grabadas en los idiomas originales –dominaron seis lenguas, además de la materna-. De ellos, La RCA Víctor publicó diecinueve Larga duración, de los cuales, los más reconocidos son “María Elena”, “Amapola”, “Always in my heart” “¿Por qué eres así?” y “Casually Classic”.

 

Alí J. Reyes Hernández

Caracas, Febrero del 2015


Esta  crónica fue merecedora de "Mención Honorífica" en el Concurso  Literario Orellana Lee IV, de temas amazónicos, del puerto de El Coca, Orellana, Ecuador, organizada por el Museo y Centro Cultural de dicha ciudad, en noviembre del 2020.