sábado, 1 de mayo de 2021

El Arma secreta (cuento)

 


El arma secreta

 

En el año 673 d. C., a la incontenible expansión árabe solo le faltaba eliminar de su camino a lo que quedaba del otrora Imperio Bizantino. Para abril de ese año, la concreción de esa amenaza era solo cuestión de tiempo.

El sitio de Constantinopla había comenzado.

 

La luna llena se mira sobre el espejo del Bósforo.

         ¿Qué poeta había dicho eso? No lo recordaba. Aunque, a decir verdad, los palos de las naves invasoras, en su extenso y boscoso apiñamiento, no tenían nada que ver con una evocación poética.

         La terraza de la fortaleza donde Calínico se encontraba era una posición privilegiada que barría el estuario de norte a sur. Y, a sus pies, en el nivel inferior, se divisaba a los servidores de las catapultas y a los vigías de la torre. “Si Jehová no guardare la ciudad, en vano vela la guardia”. Siempre que los veía, citaba maquinalmente al salmista.

         La tos subió a su garganta y rompió el silencio. Era una tos dolorosa y que no podía evitar aunque estuviera al lado del mismísimo Emperador. La pregunta del monarca fue inevitable:

         ––¿Qué te han dicho los médicos acerca de esa tos?

         ––Perdón, su merced. Hace mucho tiempo que me dijeron que dejara de trabajar con productos volátiles. Y desde ese momento dejé de consultarlos.

         ––Pues, a partir de hoy tenemos que hacer algo al respecto. Tu salud es una prioridad del reino.

         Aunque a Calínico la tos le parecía irrelevante al lado de la sustancia contenida en los toneles de allá abajo. Pero no se le iba a ocurrir contradecir a Constantino IV.

         ––Calínico ––dijo el emperador, meciéndose la barba en gesto pensativo.

         ––Ordene, majestad.

         ––Dime, sinceramente, qué es lo que se comenta en la ciudad acerca de las medidas.

         ––Para serle sincero... hay gente que cree que si el racionamiento fuese a todos por igual, lo harían con más entusiasmo. Ellos piensan que en palacio debieran dar el ejemplo.

         ––Gracias, Calínico… Pero ¿Quién ha dicho que pasar hambre entusiasma a nadie?  En verdad que la triple muralla es inexpugnable y está bien defendida. Pero esto, ––y señaló con los labios hacia la flota invasora–– nos cortó los suministros. ¡Lástima que las murallas no producen comida!

La primera hora de espera. Un escribano voltea el reloj de arena y hace la anotación correspondiente, mientras Calínico repasaba, mentalmente y por enésima vez, todo el proceso de la prueba desde el principio, junto a las condiciones de seguridad para la manipulación del “ingenio”. Pero lo más importante era que los astrólogos aseguraban que en las madrugadas de plenilunio, soplaba un viento fuerte hacia el este.

Las naves árabes estaban a distancia prudencial, lo que evitaba que fueran blanco de las catapultas; pero si el viento, como decían, era fuerte, eso no importaba, pues el fuego se desplazaría sobre la superficie hacia los buques, y se aceleraría cuando trataran de apagarlo con agua.

         Constantino IV lo sacó de sus elucubraciones.

         ––¿Cómo percibes la moral del pueblo?

         ––Muy buena, su majestad. Al punto de que la gente está más preocupada por la suerte de Hagia Sofía que por su propia seguridad. Dicen que prefieren ser decapitados por una cimitarra árabe, antes que verla convertida en una mezquita.

         Ambos desviaron la vista hacia la cúpula de la basílica que resplandecía embrujadora bajo la luz selenita. Esa visión merecía ser contemplada en silencio. Hasta que, sin apartar los ojos de Hagia Sofía y como hablando para sí mismo, el emperador susurró:

         ––Pero, gracias a ti, nosotros no tendremos que ver ese horror.

         ––Gracias a la providencia, su majestad.

         ––Como gustes, Calínico, pero es así.

         Desde abajo, el astrólogo anunció:

         ––¡Señor!... ¡La veleta se está moviendo!

Todos se voltearon a verla y, en efecto, se movía espasmódicamente señalando hacia el estuario. Y, a pesar de que las oleadas de viento no tenían fuerza y no eran continuas, esto fue suficiente para despabilar del sueño a los presentes en medio de una inquietud expectante.

         Calínico, al contrario, se sintió invadido por la duda y hasta por cierto miedo. Estaba a punto de presenciar la verdadera prueba del “ingenio”. ¿Daría los mismos resultados que había obtenido con los modelos a escala de las naves árabes en el estanque del palacio?

         La voz de Constantino lo sacó de su dilema.

         ––Tengo entendido que antes de ser alquimista, estuviste alistado en la Legión.

         ––En efecto, su majestad. Pero sabe usted que la vida castrense tiene muchas limitantes para un espíritu curioso.

         ––Entiendo... Pero, cuéntame. ¿Cuál fue tu experiencia en Yarmuk?

         Esta pregunta lo tomó por sorpresa. ¿Cómo era posible que el Emperador se enterara de algo que él había mantenido en secreto por casi cuarenta años? Sin duda que toda su vida había sido indagada por los servicios de inteligencia del imperio. El hecho de haberse cambiado de nombre y de lugar de origen no le habían servido de nada. O sea, que ya sabían que había sido un cobarde, al sobrevivir en donde debía de haber muerto al lado de sus compañeros de armas. Ahora lo acometió un acceso de tos y, en medio de esta, comprendió que era inútil tratar de ocultarle algo a quien disponía de un sistema de información tan eficaz. Además, siempre supo que en algún momento, tendría que exorcizar esos terrores que lo habían acompañado por tantos años. ¿Qué mejor momento que este?

––Perdone, su majestad... ¡Yarmuk!... Funesto lugar y funesto recuerdo.

         De  manera deliberada y en silencio, posó su vista sobre la flota, como si en ella se materializaran todos los horrores que evocaba ese nombre.

––Debo recordar a su merced que al principio no se le dio importancia ¿Qué peligro podían representar unas tribus de beduinos que vagaban por el desierto? Pero las derrotas del Imperio Persa, el poderoso rival de nuestro reino, hicieron comprender a vuestro abuelo que una fuerza formidable, cual nube de langostas, se estaba gestando en el seno de la península arábiga.

         ––Nos encontrábamos en Siria cuando recibimos la orden de trasladarnos a Palestina, y fue en ese lugar, al sur del lago de Galilea, donde nos presentamos en orden de batalla. Yo pertenecía a la flor y nata del ejército imperial, la caballería pesada. Teníamos armadura completa, y cabalgábamos robustos caballos, también acorazados. Estábamos entrenados para acertar con el arco sobre la marcha, y habilitados para chocar en una carga tumultuosa, lanza en mano, y hacer añicos a las formaciones enemigas. Éramos un ejército imponente; en tanto que los árabes se movían en una masa aparentemente indisciplinada y anárquica, jineteando sus pequeños caballos, pero cuidando de no ponerse a tiro de nuestros arcos.

 

Al recibir la orden, cargamos, seguros de la contundencia de nuestro choque. En efecto, rompimos las líneas enemigas. Pero no sirvió de nada. Era como abrir un hueco en el agua. Ese amasijo de telas tremolantes llevadas por esos magros caballos nos esquivaban presurosas, dispersándose en todas direcciones. No podíamos perseguirlos; sus caballos volaban, y no podíamos alcanzarlos con el arco porque el cambio de armas sobre la marcha era casi imposible.



 Los árabes se reagrupaban con sorprendente rapidez para provocarnos a una nueva embestida. Nuestros jefes no los hicieron esperar y ordenaron la segunda carga. Vano intento. El esfuerzo físico de esta segunda carga y la frustración de tratar de combatir contra fantasmas comenzaron a minar nuestra resistencia. Además, la sospecha de que estábamos siendo objeto de una perfecta celada añadió un ingrediente que no habíamos tenido antes: “el miedo”, que crecía por momentos apresurado por los latidos del corazón. No sé si fue para que el miedo no se propagara, pero nuestros jefes ordenaron la tercera carga… Esta fue extenuante. El sol se hacía más implacable en el cielo y, a nuestro frente, el horizonte reverberaba, y en el espejismo se reflejaban las túnicas, los caballos y el bosque de las enhiestas lanzas como espectros flotantes cada vez más amenazantes. Ahora, al desespero se unió una sed abrasadora. Las armaduras no eran más que pesados y sofocantes lastres, y nuestros caballos ––bajo el agobio de las corazas y de nuestro propio peso–– estaban botando espumas por los frenos, bañados de sudor y temblando. Ese era el momento que el enemigo estaba esperando. Silenciosamente, comenzaron a abrirse en abanico para rodear nuestra retaguardia. En medio de la fatiga, percibimos la calma que antecede al espanto. Hasta que, de todas sus gargantas y al unísono, salió el escalofriante grito: ¡Alá akbar! (¡Alá es grande!)

      

        A esta altura de la narración, Calínico guardó un significativo silencio, que hasta el propio Emperador se cuidó de respetar.  Ese silencio se hubiese prolongado en el tiempo si no hubiera sido por el golpe de brisa que les llegó desde la espalda y que provocó el grito del astrólogo:

         ––¡Viento sostenido hacia el este!

         Todos vieron cómo su fuerza movía el molinillo de la base de la veleta de forma sostenida.

         ––Permiso, su majestad. ¡Astrólogo, reporte las condiciones!

         ––¡Dentro de los márgenes de seguridad, señor!    

Al oír esto se volvió al Emperador y le dijo:

––De aquí en adelante las órdenes dependen de usted, majestad.

         Constantino, desde la terraza miró hacia abajo donde cada uno de los equipos de las catapultas estaba pendiente de sus palabras. Mientras que, en el estuario, la luna iluminaba claramente los blancos.

         ––¡Catapulteros! ¡El brazo en su máxima parábola!

Y allá abajo comenzó a repetirse la orden a lo largo de la muralla y a verse el febril movimiento de los hombres, teniendo como sonido de fondo el crujir de las poleas y los mordiscos de los engranajes.

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La luna bañaba las naves con un brillo casi deformante. Una fría claridad que era más cómplice de los espectros que las mismas tinieblas.  Recostado en la proa, el marino de guardia semi-dormitaba, mientras que la brisa fría de la madrugada hacía que se cubriera la cabeza con el albornoz de su túnica. Pero era el cabeceo repentino del navío el que por instinto, lo hizo despabilar. El marino echó un vistazo al horizonte y trató de volver a su cómodo sopor, arrullado por el gorgoteo del oleaje al chocar contra el maderamen del casco… fue entonces cuando oyó un golpe violento en el agua, y el chasquido que este dejó. Se incorporó inmediatamente y se asomó a la borda. Solo sabía que el sonido había provenido del oeste. De manera nerviosa, se llevó la mano a la empuñadura de su cimitarra, mientras escrutaba las aguas.

         Ahora lo vio.

         A cierta distancia distinguió un atropellado reflujo de burbujas en medio de un gorgoteo que comenzó a ser sustituido por un siseo cada vez más agudo que le recordó los relatos acerca del Leviatán, el dragón de las aguas, que arrojaba fuego por sus fauces. Fue solo entonces que se percató de que el fenómeno venía desde el aire, pues vio unos bultos que llegaban a las inmediaciones de las naves vecinas.

         Dio la voz de alarma.

         Ya sus compañeros estaban en cubierta con las cimitarras desenvainadas, cuando presenciaron un estallido de llamas alimentadas por unos vapores verde-azules que salían de la propia agua, y que se acercaban hacia el buque levitando sobre la superficie con un resplandor misteriosamente danzarín que iluminaba el rostro de los marinos, en los cuales se retrataba el estupor lívido del terror.



A esa sustancia viscosa, que podía ser manipulada con seguridad, pero que al contacto con el agua estallaba en llamas, se la conoció como “el fuego griego”. Con ella fueron inhabilitadas muchas naves invasoras pero su mayor efecto fue avivar la superstición de las tripulaciones, al verse amenazadas por un aterrorizante fuego al que la mismísima agua servía de combustible. A la larga, los marinos no estuvieron dispuestos a prolongar el bloqueo, desmoralizando a su vez a las tropas árabes en tierra.

            Por esta vez, Constantinopla había sido salvada.

         Mucho tiempo después, un ejército musulmán (mas no árabe) lograría tomar al fin la ciudad y cambiarle el nombre; ahora se le conoce como Estambul. Pero para lograrlo tuvieron que esperar setecientos años.

           




En cuanto al “fuego griego”, su fórmula fue tan celosamente guardada que nunca se la llegó a dilucidar.

            Y acerca del destino de Calínico, solo se sabe que corrió la misma suerte de su enigmática fórmula. Ambos se perdieron en la oscura noche de los tiempos.

 

Alí J. Reyes Hernández

San Juan de los Morros, Venezuela

noviembre del 2004

Del libro "Portugal mar afuera y otros relatos"  Alí Reyes H. Libros en Red, 2012 

https://www.amazon.es/Portugal-Mar-Afuera-Otros-Relatos/dp/1597549010   



domingo, 18 de abril de 2021

Pino de Cook / un pino de espíritu tropical


 Al hablar de vegetación tropical siempre tomamos como referencia a las palmeras ¿Quién se aventura a señalar a un pino? Pero resulta que hay pinos propios del trópico, como el caso el pino caribe, del que ya hemos hablado en este blog(1) pero en el sentido más metafórico de la reflexión, el árbol más tropical de todos es el pino de Cook Araucaria columnaris pues donde quiera que se encuentre, siempre estará señalando el sitio de su origen, es decir, el ecuador terrestre.


Se le conoce también como columnaria, árbol de navidad o pino de Nueva Caledonia, este último indicando el lugar de donde es originario.


Nueva Caledonia es parte de Ocenía y está ubicada en el ecuador del Pacífico, pleno trópico. Además, y al igual que la palma de coco, suele ubicarse sobre ecosistemas costaneros.

 Lo referente a James Cook (el equivalente anglosajón a lo que es Fernando de Magallanes para el mundo Hispano) se debe a que el pino fue estudiado y transplantado, en una de sus famosas expediciones por el Pacífico. Vale decir que de ahí en adelante, los mástiles de la flota inglesa fueron hechos con este pino, que suele alcanzar los cincuenta metros de altura y, en óptimas condiciones, hasta los setenta.

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 Es bueno aclarar que se le suele confundir con su prima-hermana  la Araucaria heterófila, pino de pisos,  araucaria excelsa,  pino  de doceles  o pino de Norfolk Araucaria heterophilla  que ,  como  su nombre lo  indica,
Bandera de Norfolk

  es originaria de Norfolk, una  isla  situada al  sur  de  Nueva  Caledonia  y  por  tanto también  es  tropical. Los  dos  pinos son   tan   parecidos  que  suelen  confundirse y  como  rasgos  diferenciales generales, digamos  que  sus  ramas inferiores  tienden  a ser  más  largas e irse  reduciendo  proporciónalmente  a  las superiores,   de  modo que  es  más  notable  su  forma  de  cono,   lo  que le  da mayor elegancia, no así la columnaria, que es de forma cilíndrica y los estratos de sus ramas son más cercanas y tienden a curvearse hacia abajo, lo que le da una apariencia más tosca, aunque supera a la de Norfolk en altura.




Columnaria y de Norfolk comparadas

Pino de Norfolk en su medio silvestre









Volviendo a la columnaria, quisiera dejar acá una galería de sus fotos
















Agradecimiento: http://arboles-con-alma.blogspot.com/ 


(1) Acerca del pino caribe:  
http://tigrero-literario.blogspot.com/2020/03/a-salvarlo.html#:~:text=%C2%A1A%20salvarlo!,-Estamos%20hablando%20de&text=ubicado%20en%20la%2

viernes, 2 de abril de 2021

¡Dios mío, Dios mío. Por qué me has desamparado!

 


Se trata de un grito con ecos hacia el futuro y hacia el pasado, en tanto que fue escrito unos mil años antes de Cristo y lo seguimos oyendo hasta hoy. Este drama Humano y Teológico había sido anunciado en el libro de Isaías y en varios salmos, pero es el 22, escrito por David y un salmo mesiánico por excelencia, donde se dan detalles como la horadación de sus pies y eventual descoyuntura de sus huesos, las suertes sobre su túnica y el oprobio de las gentes 

 

 Pero hoy quiero que oigamos ese salmo como lo que es, un canto agónico con todo lo que ello implica. Es por eso que les presento a Stanislao Marino, un venezolano de origen italiano, que logró plasmarlo en una suerte de lamento flamenco que nos recuerda a los ecos plañideros de las cantaoras en la procesión de Sevilla, pero que, en este caso, la melancolía del arpegio de la guitarra está matizada por el uso de los caribeños bongó,  lo que no le quita en nada esa atmósfera gitana que más bien se intensifica con las castañuelas y se siente como un "cante jondo" o mejor, como una "saeta andaluza". Y todo esto, enmarcando una letra demoledora, como es la


experiencia del Hijo de Dios en el patíbulo, como espantoso pago para redimirnos de nuestras culpas. 


domingo, 28 de marzo de 2021

Upata, un rinconcito del sur de Venezuela

 


Upata es un toponímico de origen indígena que significa "La Flor de la selva". En ella se encuentra el Lic. Juan Luis Correa quien se ha dedicado a escribir un blog para hablar de la orografía de su región: hemisferiosurguayana.blogspot.com y de allí tomamos algunas de sus fotos:







Característica "vivienda rural" al lado izquierdo. Diseñada en los años '60 por el IAN (Instituto Agrario Nacional) y el Instituto de Malariología. 




Launa seca en el Hato "Tierra Blanca



árbol de Mata Ratón Gliricidia sepium dentro de la escuela Raúl Leoni de Upata. Este árbol también es usado para hacer "cercas vivas" en los predios rurales.




Árboles de aceite o Copaibas Copaifera officilianis en el camino de La Escondida






Cañafístola llanera Cassia fístula también llamada cañandonga o carao




Cañafístola llanera Cassia fístula detalles de su floración







Árbol de mamón Melicoccus bijugatus en el fundo San Marcos, sector Santo Domingo






Bosques de galería en la planicie del Carichapo. Al fondo el cerro Machí

Para más acerca de estas fotos, recomiendo revisar esta recopilación 

http://tigrero-literario.blogspot.com/2016/03/rinconcito-poco-fotografiado-de-guayana.html

domingo, 7 de marzo de 2021

Un "algo indefinido" en las fotografías de David Homero


 Nos referimos a un fotógrafo que ya se ha hecho habitual citar en Tigrero, pues tiene una capacidad de ver en las cosas unas atmósferas que la mayoría de la gente pasa por alto. El caso es que él sí las ve y las atrapa, y por eso nos las trae en su blog "Viendo la Vida Posar" www.lavidaposar.blogspot.com



El túnel del cañaveral


Guíñame el ojo





El Camino



                  


Postales de navidad 

¿Doña Vaca..y dónde está el Bebé?




Carro patas pa' arriba




Flores del campo




El Salmo del Pastor




Camino bajo sombra




¿Cómo es la cosa?





La casa del fondo de la dehesa




La naturaleza salió venciendo




La casita del canal




Suburbio

Para ver más fotos de David Homero, recomiendo esta recopilación 

http://tigrero-literario.blogspot.com/2018/06/viendo-la-vida-posar.html




lunes, 18 de enero de 2021

Magia en la grada (crónica-relato)

 

                     


     Magia en la grada

 

Para Hely Saul Oberto R.

   ─¿Qué les parece? ¿Saben lo que dice Andy?.. ¡Que es amigo de Roger Maris!

Diciendo esto, Niki soltó una risa burlona que todos secundamos. Era lógico tomar eso a chanza cuando se refiere a un astro consagrado de las Grandes Ligas.


La reacción de Andy fue entregarse a su tradicional mutismo. ¿En realidad lo conocía? Puede que sí o quizás no, pero de que era su ídolo, era innegable. Eso lo supe desde el momento en que nos instalamos en el cuarto estudiantil que compartíamos. Mientras que, desde el lado de mi cama, Marilyn Monroe nos miraba con sus ensoñadores ojos bajo sus párpados dormilones, de perfil y a todo lo largo del encuadre, protegida de la desnudez total solo por la  delicada flexión de una de sus encantadoras piernas y recostada sobre un terciopelo carmesí que resaltaba aún más su perturbadora belleza. ¿Qué había puesto Andy en la pared de su lado?...Exacto. Un afiche de Roger Maris en pleno acto de conectar un vuela cerca.

    A pesar de que las burlas siguieron, me di cuenta  que Andy había decidido no hablar más de Maris, no obstante él y Niki Bryan siempre hablaban de

Babe Ruth 

béisbol con mucha propiedad pues ambos dominaban los llamados “numeritos” y fue así que supe que el zurdo Roger Maris ─prácticamente un desconocido en 1961─  había tenido la irreverencia de quebrar  la marca de más jonrones en una temporada, establecida treinta y cuatro años antes por “su majestad” Babe Ruth. Aunque por lo regular en estas conversaciones  yo prefería ver a otro lado porque mi conocimiento de béisbol se limitaba a saber que Joe Di


Marggio era una leyenda viviente ¿cómo no iba a serlo si fue el esposo de La Monroe?

    Todo cambió cuando supimos que el equipo de Roger, Los Cardenales de San Luis, jugarían contra Los Piratas en Pittburgh ¡A solo dos horas y media de Akron! Ahora si íbamos a saber si era verdad lo dicho por Andy. La voz se corrió con tal fuerza que otros tres compañeros estuvieron dispuestos a ir también a Pennsylvania.

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    La noche anterior, Andy estaba muy nervioso. Lo supe porque me despertó. Así que me llené de paciencia y le pregunté por qué no descansaba. Y fue allí, sentados de frente al borde de cada cama, cuando me confesó   que era posible que Roger no lo reconociera ¡Tanta gente lo abordaba! Y creo que para darse


valor me contó que creció a la sombra del Estadio de los Yankees y que él tenía once años cuando, en 1960, Roger Maris pasó de los Atléticos de Kansas a los Yankees, presenciando como su incorporación le dio un vuelco a la novena neoyorquina que estaba de capa caída, pues era impecable tanto con el bate como con el guante.

    Andy llegaba al estadio con dos horas de antelación para sentarse al lado derecho, el campo que cubría Maris, y verlo calentar. Tanto así que la figura de Andy se hizo familiar para los jugadores y para el mismo Roger, así que un día  se llenó de valor para acercarse a la valla y pedirle que le regalara uno de los bates con que había dado un jonrón “Por supuesto, te daré el primero que rompa” Y en efecto, así fue. Se lo trajo desde Anaheim, California, donde había conectado contra Los Angelinos. Hasta que Maris fue transferido a Los Cardenales de San  Luis. Un día aciago para él, salía de su equipo y ya no lo vería más. ¡Había pasado tanto tiempo de eso! Era natural que Maris no se acordara…aunque ¿Si se había acordado de él cuando rompió el bate, por qué lo iba a olvidar ahora? Por otro lado ¿tanta gente le había pedido bates y pelotas? ¿quién era Andy para que se acordara de él si ni siquiera sabía su nombre?

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     Ese nueve de mayo de 1967 llegamos al campo Forbes con suficiente antelación para elegir los puestos frente al jardín derecho.   Eso de la superstición en el deporte no es algo limitado a los jugadores pues Andy eligió el asiento nueve en la fila nueve, el que tomaba en Nueva York.  Ya Maris estaba haciendo ejercicios de calentamiento, así que bajamos a la cerca. Confieso que si Andy estaba emocionado, por mi parte  estaba asustado pues no quería ni imaginar  el papel de hazme-reír que haría Andy  si Maris no lo reconocía.

─¡Hola!

  Maris seguía imperturbable. Puede ser que no sabía que era con él, y con una voz temblorosa Andy insistió.

─…Rog

   Los dedos de Andy, crispados en la reja, me parecieron a los de un prisionero en sus últimas horas ante la expectativa de la silla eléctrica. Así que gritó con más fuerza.

─¡Hola Rog!

    En ese momento volteó y lo vió. Terminó de hacer un lanzamiento y se volteó hacia  Andy con los brazos en jarra dando un grito que se oyó del diamante al jardín central.

─¡Andy Strasberg!..¡¿Qué diablos estás haciendo en Pittsburgh?!

Diciendo esto, hizo una señal a sus compañeros de equipo y trotó hacia la entrada de la grada.

Cuando nos reunimos allí, era evidente el esfuerzo de Andy para dominar la emoción y no gritar de contento.

─Te cuento Rog. Venimos de Ohio porque estoy estudiando en la universidad de Akron y mis compañeros querían conocerte.

    Por mi parte, más que ver al Astro,  no me cansaba de observar la sorpresa reflejada en los rostros y las bocas semi-abiertas de Niki y los demás compañeros, ¡estaban mudos! Apenas les salía un hilo de voz para tartamudear sus nombres.

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    Hoy que evoco ese recuerdo, reconozco que, aunque sigo siendo un lego en la materia, la figura de Roger Maris me ha mantenido unido a Andy, a pesar de la bifurcación de rumbos luego de graduarnos de administración. El buscó trabajo en el área de béisbol y ¡Claro que lo encontró! Siempre hemos estado en contacto a pesar de que la última vez que nos vimos fue en 1976 durante su matrimonio. Se casó en el home del estadio Jack Murphy, en San Diego. En ese momento me enseñó con orgullo el regalo y la tarjeta que Roger y Paty, su esposa,  le habían enviado.

   


Roger Maris murió de cáncer linfático en 1985. Esa vez Andy me escribió una carta donde me daba detalles de los funerales. Fue en Fargo, Dakota del Norte. Luego de la ceremonia se acercó a Paty, quien, al verlo, no dejó  que le diera el pésame, sino que se acercó y lo abrazó en silencio. Él prefirió quedarse callado, hasta que ella se separó y se dirigió a sus seis hijos: “Les presento a alguien muy especial: Andy Strasberg”. A lo que el pequeño Roger Maris hijo, respondió: “Tú eres el admirador número uno de papá”.
    

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    Volviendo a la primavera de 1967 en Pittburgh. En la sexta entrada Roger se puso al bate y momentos después conectó un trallazo. El característico sonido seco ─como el descorche de un champagne─  hizo eco a lo largo y ancho del Forbes. Seguimos el arco creciente de la bola y cuando estaba en lo más alto advertimos que venía hacia la grada derecha. Todos se levantaron, en especial nuestro grupo y fue así que comenzó una algarabía de gritos y codazos. Ahora la pelota venía hacia nosotros como en cámara lenta. Por instinto fui a contra corriente de los aficionados (le tengo miedo a cualquier objeto contundente que venga desde el cielo hacia mí) pero los muchachos gritaban “¡Es mía, es mía!”. Tenían la ventaja y estaban en la mejor posición en medio de un bosque de  manos extendidas y corazones palpitantes. ¿Pueden adivinar quién fue el que la atrapó? …¡Andy Strasberg!

    Andy lloraba como un niño. Un policía se acercó y nos dijo que Roger quería vernos. Lo seguimos hasta uno de los túneles de acceso a los servicios donde Roger venía apresurado y sus palabras hacían eco en la estructura de concreto.

 ─¡Andy, no lo puedo creer!...¡No lo puedo creer!

A lo que Andy respondió.

─¿No lo puedes creer?...pues…¡Yo tampooocooooo!

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Puede que alguien diga que Andy era el más alto de nosotros seis. Pero tiene que haber algo más. Las posibilidades de que el número nueve dispare un jonrón al asiento nueve de la hilera nueve un nueve de mayo son ínfimas, por no decir casi nulas ¿Magia? Si, una magia que solo puede ocurrir entre un fanático y su ídolo de la niñez.

Andy Strasberg y Roger Maris


 

El que esto escribe, tuvo la oportunidad de contactar a Andy Strasberg y pedirle la autorización para publicar esta anécdota en formato de cuento. Algo que agradezco de manera pública.

Andy Strasberg hizo carrera desempeñándose como director comercial del equipo de béisbol Los Padres de San Diego.




                                                                                              Alí Reyes H

Marzo del 2017




Este relato fue publicado en agosto del 2020 por la editorial Torcaza de Colombia