miércoles, 9 de junio de 2021

La Pelu'a (cuento)

 





 La  Pelu’a

Para Sulmely Carolina Oberto R. 

 

 

 Me encontraba de pie, disimulado detrás de una columna, favorecido por la penumbra esperando el espectáculo mientras observaba la belleza surrealista de ese firmamento rumoreante de luceros formado por las lamparitas individuales de cada una de las mesas. Recordaba que la primera noticia de que “La Pelu’a y su flamenco” se presentaría en el restaurante, la había oído con el delantal puesto y las manos llenas de pompas de jabón, entre el ruido del chorro de agua con que fregaba los platos que parecía que nunca se iban a acabar. Pero en el poco alemán que ya dominaba, me di cuenta de que a los compañeros que comentaban la noticia, no les interesaba mucho el sonido avasallante de los “palos” o ritmos del flamenco, sino que cruzaban miradas cómplices que, por lo visto, se centraban más en la persona de la bailao’ra.  Digamos que debía ser algo así como una bomba de sensualidad en ebullición.  

 

Luego de unos días de expectativa por parte del personal y, por qué no decirlo, de mí mismo, llegaron los artistas. Eran varios, entre músicos, baila’ores y canta’ores, que fueron alojados en un hotel cercano; no así la Pelu’a y su esposo que, por razones de logística y comodidad, fueron alojados en una habitación muy lujosa en la planta alta del restaurante destinada para casos especiales como estos.

 

La primera impresión que tuve de la Pelu’a fue -por decir lo menos-  de decepción, si nos atenemos a que en el aspecto físico de la “diva baila’ora” no había mucho que diera honor a ese título. Se trataba de una dama joven, un tanto delgada y de pequeña estatura, que cuadraba mejor como una sencilla ama de casa en un hogar pequeño burgués promedio y su cabellera era solo un  moño sujeto con maya de redecilla, nada que delatara su tan cacareada fama. Por  otra  parte,  su esposo era lo opuesto a ese aire bohemio que siempre se ha relacionado con la idiosincrasia gitana; al contrario, actuaba de manera fría y calculadora como correspondía a un empresario del show business, arreglista y músico principal del espectáculo.

 

El hecho de que yo estuviese alojado en uno de los cuartos de servicio del local hizo que sobre mí recayera la responsabilidad de fungir como botones de la pareja (yo era el “todero”  del negocio, ese era el precio de ser un mochilero  suelto en Europa y  de que, al pasar por Hamburgo, me hubiese quedado sin divisas) me dio cierto descanso del cúmulo de quehaceres diarios que tenía y pude tener la dicha de expresarme en mi idioma materno, aunque debo admitir que hablaban una mezcla de caló romaní con español que, a veces, me costaba entender. Pero lo que sí era imposible pasar por alto era descubrir la devoción casi obsesiva de ese señor por la música. Me pareció que la razón de ello radicaba en que la organización de las giras le demandaba tanto de su tiempo y sus recursos que la música se había convertido para él en una especie de reducto donde se refugiaba contra el estrés diario. Se levantaba temprano ––para estos noctámbulos del espectáculo, levantarse a las nueve y media de la mañana es el equivalente a madrugar–– y pasaba horas haciendo ejercicios de digitalización con la guitarra. Nunca había concurrido a una academia, no obstante, sus ejecuciones eran limpias, aunque complicadas. No podía hacer un solo registro sin “envenenarlo” con arpegios y florituras que delataban un virtuosismo insospechado.

 


Su guitarra era una Ramírez confeccionada artesanalmente y a la medida, e insistía en que fue el propio José Ramírez III quien había llevado a cabo el trabajo. Así que no era extraño que al instrumento dedicara los más primorosos cuidados, puliéndola con dos pañuelos de algodón de forma tal que pudiese verse la cara por cualquiera de sus lados. Creo también que, como todo músico, estaba consciente de que más que un objeto físico hecho con arte, el instrumento es algo espiritual y sublime, una suerte de pequeña ventana en donde nuestros sentidos se asoman a otra dimensión y logran trascender el tiempo y el espacio haciéndonos partícipes, por momentos, de la plenitud universal. Definitivamente, se trataba de un objeto mágico. Debió ser por eso que en las noches otoñales alemanas él colocaba un vaso de agua al lado del estuche de la guitarra, lo que me llevó a pensar que se trataba de una suerte de conjuro para dar de beber a las musas, alguna superstición gitana. Cuando tuve más confianza para decirle eso, con mucho cuidado de mi parte porque temía que se fuese a molestar por ello, me sorprendió verlo reír de manera franca por primera vez (las pocas veces que lo hacía era algo diplomático, a manera de cumplido) y fue cuando me explicó que se trataba de una recomendación del luthier para que el agua absorbiera la humedad del ambiente, de tal forma que no fuese captada por el corazón de la madera del instrumento.

        

Llegó la primera noche del espectáculo, y el restaurante estaba lleno a reventar pero, gracias a que yo hacía las veces de intérprete entre los músicos y el personal, me limitaba a trabajos puntuales de logística, lo que me permitió estar muy cerca del aforo donde habíamos instalado un “tablao”.

 

          Lentamente, las luces del local fueron apagándose y solo permanecían encendidas las discretas veladoras de las mesas. Nuestras pupilas estaban adaptándose a la penumbra cuando se encendió la iluminación de piso detrás de los músicos, haciendo que se vieran como sombras proyectadas sobre una pared, y fue así como arrancaron las guitarras en esa turbulencia armónica y magnífica de sus encordaduras entre un batir de palmas que hacía erizar la piel. Es lo que los entendidos llaman “duende”, sensación que te recorre el cuerpo aprovechándose del sistema circulatorio. Un dúo de canta’ores en su característico falsete de notas modulantes perfectamente acopladas llenó el aire. Por aquellos tiempos yo era un joven sumido en el furor del momento: la beatlemanía y, en consecuencia, reacio a cualquier música que no oliera a rock. No obstante, bajo el influjo de esos cantos, llegué a sentir el llamado de la tierra, algo que me zambullía en mis orígenes, mis genes... ¡Qué sé yo!

 

            En efecto de contraluz se pudo ver la silueta de un baila’or que vestía el tradicional traje cordobés de chaquetilla y sombrero de ala recta; de inmediato, sus botas comenzaron a taconear con una destreza inusitada. Se apagaron nuevamente las luces sin detenerse la música. Allí fue cuando el foco iluminó a la Pelu’a.

 


          Para mí fue un verdadero impacto. Apareció con el tradicional traje de lunares rojos, pero tocada con un sombrero andaluz. Cuando el aplauso amainó, ella inició un taconeo como si sus zapatos fueran las manos de un tamborero sudanés y, en medio de esa barahúnda rítmica, se quitó el sombrero dejando al descubierto su encrespada y negra cabellera, mientras que, cimbreante y procaz, su taconeo semejaba los corcoveos de una yegua en celo en presencia del marañón. Por un momento aparté la atención de la diva y la fijé entre la penumbra del público. Una atmósfera electrizada se agitaba sobre las cabezas de los espectadores; no había duda de que el Latin fire había derretido la proverbial gelidez teutónica de los asistentes.

 


          La Pelu’a comenzó a combinar el tableteo de sus tacones con pases del sombrero y giros de su mano sobre la muñeca, porque el flamenco es uno de los pocos bailes en el que el protagonismo va desde los tacones hasta proyectarse a la punta de los dedos  en  figuras de sugerencias alucinantes que recuerdan a esas cobrizas bailarinas hindúes o a esas danzarinas tailandesas de ojos oblícuos y tocados de pagodas (no en vano algunos han especulado que los gitanos provienen de la India). Todo eso contribuía con esa atmósfera enervante que exigía tener un desenlace, y así fue.

 

          El sombrero salió volando. No supe adónde fue a parar y, sin haber menguado el fragor de las guitarras, a la percusión se incorporó la risa cantarina de unas  castañuelas. Esa fue la señal para que la Pelu’a se atara la cota de su blusa a la altura de sus pequeños y compactos senos y, con una mano sobre su caballera y con la otra alzándose el vestido hasta casi la cintura, dejó entrever sus torneados muslos y una ajorca de oro que destellaba en uno de sus tobillos. Y así, al son de una “rumbata” gitana, inició ese bamboleo de su grupa de bestezuela madura, cuyo ombligo se transformó en un portentoso talismán engastado en su inquieto vientre de odalisca que magnetizaba el aire. Un movimiento seductor en tirabuzón mantenía total correspondencia con sus exquisitas curvas, contorneo de serpiente, hechizo de luna en cuerpo de hembra humana. ¿Bastaban los cinco sentidos para percibirla en su totalidad?

 

---------------

 

          La fascinación de la Pelu’a no decayó en todos esos días y, entre fandangos, granaínas, rondeñas, seguidillas, zorongos, cantiñas, tarantas, bulerías y, sobre todo, mucha embriaguez de los sentidos, la semana transcurrió muy rápido. Pero mi cercanía física con la pareja me proporcionó un aspecto inquietante hasta peligroso del espectáculo, una atmósfera de tensión constante. ¿La causa? La atención desmedida que la esposa provocaba en la población varonil. Más de una vez quise salir del lugar por los reproches y hasta gritos que se endilgaban mutuamente. Pero un día antes de la clausura del evento, la discusión llegó a una exasperación tal, que me vi precisado a saltar de la cama. Había gritos, insultos y un portazo dado con toda la fuerza de la basculación de las bisagras. Pude ver a la Pelu’a que salió como un celaje de su habitación en su vaporosa dormilona semejante a un fantasma que levitaba. Por fortuna, no me vio o, si lo hizo, me ignoró. Oí que la puerta se volvió a abrir y, a continuación, desde la alcoba me llegó el sonido más aterrador que en semejantes condiciones se puede oír. Fue como si hubiesen golpeado un gong japonés y quebrado cien vajillas de forma simultánea... Luego, un silencio de una elocuencia más demoledora aún que cualquier estruendo.

 

        Hay cosas imposibles de probar de forma física, y menos un escéptico como yo ––al menos en ese tiempo lo era–– pero, en ese momento, sentí que el aire estaba enrarecido por la fría presencia de la muerte. Fue por un instante, pero lo suficiente para que un escalofrío subiera y bajara por mi espina dorsal. No supe cuánto tiempo estuve así, ni de dónde saqué valor para salir de ese estupor y acercarme con cautela. La puerta estaba abierta y pude ver al señor con la mirada de autómata perdida en un punto indeterminado del vestidor, pero ¡Bendito Dios! ¡Estaba vivo! Y fue en ese momento en que la pude ver, solo quedaron indemnes el diapasón y el clavijero, el resto de la guitarra estaba hecho añicos, precariamente unido al diapasón por las cuerdas, lo que le daba un aspecto grotesco.

 

          Todavía no me había repuesto de la sorpresa, cuando él, sin mover los ojos del desvencijado instrumento, habló muy despacio y casi inaudible: “Pudo haber sido peor... pudo haber sido peor...”.

 

          Entonces, dirigiéndose a mí, pero sin verme a la cara, me dijo:

 

              ––¡Chavalo! Es mejor que vayáis a dormir temprano porque mañana habrá mucho por hacer... ¡Hala!

 

 


Alí Reyes Hernández,

 Caracas,  junio de 2007

 



Del libro "Portugal mar afuera y otros relatos" de Alí Reyes H.

https://www.amazon.es/Portugal-Mar-Afuera-Otros-Relatos/dp/1597549010 

 

28 comentarios:

J.P. Alexander dijo...

Genial cuento te mando un beso

El Demiurgo de Hurlingham dijo...

Por más que las apariencias le indicaran lo contrario al narrador personaje, la pareja demostró tener pasión por la música, haciéndolo notar.
Aunque el fervor del público por ella tuvo consecuencias para la guitarra.
Bien contado.

Nuria Lourdes dijo...

¡Hola, Ali!
Cómo estás? Espero bien. Me alegra mucho visitar tu casita bloguera. Felicitarte por tan bonito post. Me encanta la música y tu relato es maravilloso. Me gustó mucho.
Por otro lado, gracias por tus palabras en mi blog. Pido a Dios nos proteja de un gobierno comunista, porque sería devastador para todos nuestros compatriotas.
Te dejo un fuerte y cálido abrazo desde Perú. 🇵🇪

Nuria Lourdes dijo...

Gracias también por tus oraciones, deseo todo les vaya bien también. Dios es grande y no nos soltará de su mano.

Ester dijo...

Volveré con mas tiempo a leer la entrada completa, promete y seguro que cumple. Un abrazo

lola dijo...

Hola Alí,
Me ha gustado mucho la narración. Eso me recuerda un incidente que tuve hace muchos años, un barquito de Julio quedó muy mal parado, por suerte la cosa no llegó a mayores, y a mí, con los años, se me ha apaciguado el genio.
Un abrazo.

Alí Reyes dijo...

JP ALEXANDER Qué bueno que te gustó el cuento... y gracias por ese beso ¡Igual para tí preciosa!

NURI Qué bueno que te gustó el relato, y en cuanto a música, tengo otros post de música que no has escuchado, revísalos cuando puedas... Y acerca de lo del Perú ... No dejaré de orar por ustedes. No perdamos el contacto pues todo lo que se decida es importante para Latinoamérica en pleno.

ESTHER ¡Perfecto! En lo que puedas (tanto en tiempo como en ánimo) lo lees, y luego me cuentas qué te pareció.

LOLA Me dejaste cavilando acerca de tu historia ¿Me la puedes contar algún día?

Alí Reyes dijo...

DEMIURGO ¡Epa hermano! Se me olvidaba responderte. En efecto, cosas como estas son el pan de cada día en el mundo de la farándula. Y también, materia para estos cuentos. Gracias por comentar mii hermano.

chica dijo...

Puxa,Ali! Vim teribuir teu comentário num dos meus blogs deixados e me deparo com esse belo blog e esse conto muito legal! Gostei! abraços, chica

miquel zueras dijo...

Muy bueno tu relato, me ha encantado. Mi abuela era gitana y me ha hecho recordar algunas palabras en caló como las piezas de ropa: Chupa (chaqueta) Lima (camisa) Botingos (pantalones) Calco (zapatos)
Saludos, Alí!
Borgo.

Alí Reyes dijo...

CHICA Bem-vinda, garota. E obrigado por suas palavras. Eu espero que você goste do meu blog. Aliás, tem uma seção dedicada ao Brasil. Saudações de Maringá.

MIGUEL ZUERAS ¡Qué sorpresa mi hermano! Debes estar muy orgulloso de tu ascendencia gitana ¡Buenísimo!

Fran dijo...

Que tal Alí!
Recordaba haberlo leído. Estupendo como el resto del libro.
Un abrazo fuerte hermano!

Tomás B dijo...

Un gran relato con el tema de un espectáculo flamenco como centro.

Saludos.

Alí Reyes dijo...

FRAN Qué bueno mi hermano. Gracias por tus palabras.

TOMÁS B Como puedes ver, el mundo flamenco me llama muchísimo la atención. al fin y al cabo, de lo que a uno le gusta, de eso escribe. Gracias por la visita.

Jorge Donato dijo...

Un estupendo relato amigo Alí. Soy de Cádiz y en mi tierra el flamenco se respira en las calles, duerme entre los adoquines de las plazas y su eco nunca duerme y siempre está allí donde hay levante.
Un abrazo y cuídate.

Francisco Manuel Carrajola Oliveira dijo...

Flamenco uma dança que adoro.
Obrigado pela visita ao meu blog.
Um abraço e continuação de uma boa semana.

Andarilhar
Dedais de Francisco e Idalisa
Livros-Autografados

Ricardo Tribin dijo...

Mi estimado Ali.

La Pelu’a me hace recordar al flamenco el cual disfrute hace un para de años en la hermosa Barcelona en un "tablao"

Abrazo grande y oleeeee.

Alí Reyes dijo...

JORGE DONATO ¡Así que de Cádiz! Qué bueno. te cuento que he escrito varias entradas acerca de flamenco en tigrero, pero quisiera que leyeras una en especial. te la dejo acá:
http://tigrero-literario.blogspot.com/2019/01/r.html

FRANCISCO M CARRAJOLA Que bom. Espero que você não tenha tido problemas para ler a história em português, basta trocar o idioma pressionando o tradutor. E obrigado pela sua visita. Também digo que li alguns de seus livros autografados.

RICARDO TRIBIN Así que estuviste en un tablao en Barcelona ¡Buenísimo! Por cierto, te voy a dejar acá un artículo de flamenco que sé que te sorprenderá
http://tigrero-literario.blogspot.com/2019/01/r.html

Gra! dijo...

Hermoso relato Ali te felicito!!
Muy apasionante cuando la musica tradicional se convierte en un llamado de la tierra me pasa cuando escucho el folclore argentino, el corazon late mas fuerte mas cuando lo bailo.
Me encanto la descripcion del espectaculo en vivo, genial lastima la discusión final de la pareja y esa guitarra destruida 😲 un fuerte abrazo.

Hendrix dijo...

¡Hola! Formo parte de la iniciativa 'Seamos Seguidores'.
Ya te sigo de vuelta. Mi blog es: https://blueshendrix.blogspot.com/

Un saludo.

Teresa dijo...

Muy bueno me ha encantado leerte. Besos.

Gra! dijo...
Este comentario ha sido eliminado por el autor.
Gra! dijo...

Hola Ali vengo de dejarte un comentario a tu entrada Canto a Falcon y fue amor a primera vista o escucha 😊.
Yo tambien estoy escuchando musica de los 60s el lunes publico en mi blog 😊.
Te espero!!
Un beso.

Alí Reyes dijo...

GRA En efecto, la música folklórica y la del terruño, es algo como un "cable a tierra" ¿Cierto? Este cuento se encuentra en mi segundo libro PORTUGAR MAR AFUERA, y estoy tratando de pasarlos uno por uno al blog. Y gracias por pasarte por CANTO A FALCÓN, acabo de leer lo que escribiste y lo voy a responder. Me alegra que te haya gustado. Y estaré pendiente de lo que traerás el lunes (ya me adelantaste que es algo de los 60, y creo que también tendré algo de eso para esa fecha, si Dios lo permite ¡Claro!

HENDRIX Ya estamos en eso, Te cuento de paso que me encanta el blues y tu blog me dará luces acerca del mismo ¡Gracias mi hermano!

TERESA Qué bueno que te gustó el cuento ¡No sabes cuánto me anima lo que expresas!

Colotordoc dijo...

Con el nombre, me imaginé otra cosa.
La narración genial

Un abrazo

carlos perrotti dijo...

Me encantó tu texto, me encantó tu blog. Muchas gracias por pasar por el el mío. Te sigo de ahora en más...

Abrazo agradecido.

Unknown dijo...

Excelente relato, me gusta tu blog abrazos desde la distancia

Rud dijo...

¡Bravísimo, Aliiiii!
¡Magnífico relato! No sabía que un vaso con agua pudiese absorber la humedad ambiental, ¿o es cuento también? Al igual que el protagonista, prefiero el rock y las baladas; el tipo de música que interpretan tus protagonistas, imagino que hay que comprenderla para sentir aquello que describes.
Acerca de los gitanos, sí, tienes razón sobre sus raíces; según Wikipedia, son originarios de la India. Y ve tú que sí; precisamente la costumbre de ponerse adornos en los tobillos, viene de allá.
La vida nos da sorpresas, tenías guardada esa joya desde el 2007. Había leído “Portugal mar afuera y otros relatos”, me enviaste algunos, todos excelentes. Este me faltaba :)
Afectuosos saludos, apreciado amigo.