domingo, 29 de noviembre de 2020

Una Guitarra en la selva (crónica relato)

 

    Una Guitarra en la Selva


Para Alí Rafael Reyes, mi padre.


    Pulsé la tecla play, del magnetófono Ferguson Electronic de bobina descubierta.

─Listo. Ahora sí. Iniciemos por vuestra infancia ¿Quién de vosotros comienza?...Bien, adelante.

─Con respecto a nuestra infancia ¡Guauu!...Cuando te decimos que nuestra infancia fue feliz, ten por seguro que no hay nada de retórico en ello. Éramos unos indiecitos que tenían a su disposición la Naturaleza en pleno. Nuestro trabajo consistía en explorarla, estudiar la rutina de los animales, sus madrigueras, los senderos que recorrían, dedicar horas  a nadar y a pescar o tratar de obtener la mejor verada para fabricar las flechas más precisas, y ayudar a construir la curiara o canoa familiar. Una infancia donde cada día traía algo nuevo.


 Por supuesto, la muerte para nosotros no era algo abstracto, y el mejor ejemplo, eran esas eternas noches en que, atisbando la luz de las antorchas, entre la maya del chinchorro, llegábamos a escuchar los rugidos del jaguar. En algún momento llegué a orinarme. No obstante y en resumen, creo que vivimos la infancia que todo niño hubiese querido para sí.

    Natalicio, hizo una pausa. Su hablar, era como del que sopesa cada palabra antes de expresarla. Al principio pensé que eso se debía al manejo de otro idioma, pero resulta que lo dominaba a la perfección,  así que, sin duda, se debía a la proverbial taciturnidad de los indígenas.  Prosiguió.

─Un recuerdo especial, eran esas noches cuando la claridad temblorosa de la hoguera se reflejaba en la cara de los ancianos que nos contaban historias. En alguna ocasión, nos habían dicho que el mundo era más grande de lo que imaginábamos, pero como no podían darnos más detalles, siempre creíamos que se limitaba al horizonte azul de la selva. 


Hasta que una tarde, una partida de muchachos, estábamos de correrías muy lejos de nuestro nuevo vivaque –cada cierto tiempo recogíamos todo y nos mudábamos a otro sitio – cuando, entre la jungla, divisamos un claro con  árboles frutales, matas de banano y arbustos de mandioca o yuca, y en el centro estaba una choza de bahareque. El conjunto se apreciaba en total abandono, maleza entre los árboles y una casita semiderruida. Nos acercamos sigilosos y, a  Antenor  y a mí, nos tocó verificar  si había alguien en la casa.

─ La puerta estaba hecha de varas amarradas con fibras vegetales y caída de sus goznes, lo que le daba un aspecto de cortina desmantelada. Al asomarnos oímos las alimañas que estremecían la hojarasca. Podía tratarse de iguanas o varanos. Gracias a unos rayos transversales que se filtraban por el techo de palma y entre los terrones y las varas, se apreciaban minúsculas motas de polvo suspendidas en una suave penumbra, que hacía ver el interior de la casucha más triste aun que si estuviese invadida toda por las tinieblas.

─De inmediato avisamos que se podía entrar al conuco, pero nosotros no pudimos dejar de explorar la choza, pues tenía ese encanto misterioso de los paisajes en abandono. Algunas calabazas o totumas agujereadas, cascajos de antiguas tinajas, restos de viejas esteras. Nos acercamos al antiguo fogón; debajo de él estaba un amontonamiento de cenizas y al lado, había un atajo de leña en desorden. No le hubiese hecho caso, pero la tenue luz, al filtrarse, hacía que brillaran unos destellos. Le pedí a Antenor que me ayudara a remover los leños en previsión de que una serpiente estuviera tomando abrigo entre los palos.

    Natalicio volvió a hacer una pausa y me di cuenta que el movimiento del local era un rumor lejano. El silencio era tal, que se podía captar el siseo de la cinta. Hasta que fue roto con una exclamación que le hizo brillar los ojos.

─¡Allí estaba!  Nunca habíamos visto algo parecido. Era una guitarra. Estaba cubierta por  la ceniza,  pero al pasarle la mano y ser tocada por un rayito de atardecer, se descubrieron los dos tonos de su madera, la tapa clara, las cuadernas y la parte de atrás rojiza. El dibujo alrededor del hueco lo hacía ver como el centro de una estrella de cinco puntas – tiempo después llegamos a ver una película de Gardel donde aparecía con una guitarra de un diseño similar- el mástil estaba en buen estado, pero la caja tenía algunos quiebres, además del óxido del clavijero. Por fortuna, tenía sus cuerdas completas.

─Los muchachos nos llamaron para que les ayudáramos a cargar los bananos y las mandiocas. Ninguno de ellos supo explicar qué cosa era la que habíamos hallado. Lo que si me dijeron era que dejara ese cachivache allí y que los ayudara a cargar la comida. Casi nos vamos a los puños al manifestarles que me llevaba el cachivache así no transportara más nada. Al fin desistieron –yo tenía fama de ser un buen luchador- y la guitarra duró un buen tiempo guindada en el techo de la troja. Unos sospechaban que era una herramienta de los chamanes para llamar a los espíritus. Yo llegué a pensar que se trataba de una maraca gigante en vista de que, al introducirle semillas  y agitarla, estas duplicaban su sonido. Aunque Antenor estaba seguro que se trataba de un tambor de madera debido a los sonidos tan variados según se golpeara a la orilla o al centro de la caja. Pero quedaban muchas incógnitas, por ejemplo, el material tan extraño de las cuerdas.

    Hizo una nueva pausa para tomar un sorbo de vino y aproveché para ver el reflejo que los espejos devolvían de nosotros tres en medio de un ambiente tan aristocrático. Sin duda, había sido acertada la elección de este sitio. El local más famoso de la carrera de San Jerónimo y quizás, el de todo Madrid. La comida había sido excelente y el vino, ni se diga ¡Con una cuenta tan abultada no faltaba más!  Pero había valido la pena, pues yo trabajaba para la revista de farándula más famosa de habla hispana y  mis entrevistados me estaban proporcionando detalles no descritos en ninguna de las entrevistas que había revisado.

─¿Cómo fue entonces que descubristeis que esa cosa era una guitarra?

─Eso lo supimos después de descubrir también al hombre blanco. Disculpa si la expresión suena un poco a novelita western, pero es la mejor forma de describir la diferencia entre el criollo y nosotros-  Se trataba de un grupo del ejército brasileño que estaba haciendo unas mediciones limítrofes de la zona. Nunca habíamos visto hombres tan blancos ni tampoco hombres tan negros, trasladaban sus enseres sobre mulas (primera vez que veíamos esos animales) y por algún tiempo llegamos a pensar, que para reunir la condición de blanco o criollo, había que vestirse con el uniforme de kaky que por ese tiempo usaba el ejército del Brazil.

El grupo, por medio de un intérprete, entabló comunicación con mi padre y los ancianos de la tribu, y a nosotros se nos permitió ir al “campamento de los blancos”, y fue así como conocimos a Fabiano, un  topógrafo que tenía una guitarra. Nos sorprendimos al verla, pero más aún cuando la tocó. Cantaba y se acompañaba. No teníamos ni idea de lo que decía.. Debo recordarte, que las frases  en portugués que manejábamos, eran cosas como bon dia, o que é isso y Muito obrigado  no obstante, sentíamos que los sonidos que salían del instrumento eran un lenguaje que sólo podía ser captado por el alma humana y que si bien, habíamos estado errados acerca de lo que era el instrumento, no nos habíamos equivocado, al sospechar que se tratada de una caja sonora para llamar a los espíritus ¡Eso era Magia!

Al día siguiente nos presentamos en el campamento con nuestra guitarra. Trabajábamos ayudando a los que hacían las picas para las señalizaciones y a las partidas de caza, a cambio, nos enseñaban el idioma y nos daban muchos alimentos para nuestra familia pero, sobre todo, pasábamos la noche golpeando la encordadura de la guitarra para aprendernos los tonos. Cuando terminaron su trabajo, insistimos ante nuestro padre para que nos dejara ir con ellos. Creo que papá, con la sabiduría que dan los años, comprendió que la música nos había hechizado y que no la íbamos a abandonar hasta hacerla parte de nuestro ser. Por eso tomó la salomónica decisión de que la familia acompañaría a los criollos hasta donde pudiésemos aprender más con la guitarra o hasta que se nos pasara esa “fiebre de temporada” además, por principio éramos nómadas ¿Por qué no dar un viaje “al pueblo del hombre blanco”?

Estuvimos a la zaga del destacamento, hasta que salimos a los asentamientos rurales, de allí en adelante nos separamos de ellos y comenzamos a trabajar en la recolección de las cosechas. Así fue como comprendimos el valor del “dinero”. Entre mis hermanos y mi padre, éramos más de una docena así que, cuando aprendíamos bien la técnica, le caíamos a las parcelas como hormigas selváticas, en especial nosotros, que no veíamos la hora de salir para volver a aporrear por turno la guitarra. El trabajo era arduo y mal pagado, no obstante, además de la música había tantas cosas por descubrir, que de forma permanente estábamos deslumbrados, la primera visión del mar, canciones que salían de un cajón (el tocadiscos) casas con la luz del sol trasladada a la noche (la energía eléctrica) casitas rodantes (los camiones) ¡En fin!

─¿De qué año estáis hablando?

─Eso fue en 1932 y como te digo, fue una temporada donde deambulamos mucho y en algunos momentos no había suficiente trabajo. Pero en Rio Grande do Norte nos topamos con unos guitarristas callejeros y quedamos extasiados. En consecuencia, nuestro padre sacrificó parte de los recursos familiares, para procurarnos otra guitarra usada. Luego, nos vimos en la necesidad de separarnos del grupo, pues nuestra rutina de trabajo cambió cuando nos convertimos en guitarristas callejeros. Entonces, echando mano de una economía monástica, fuimos reuniendo valor para tocar en los cafetines, los bares, ferias y circos. Creo que la gente nos daba una que otra moneda, más por lástima que por admiración.

 

  Su risa silenciosa era discreta en sus labios pero ¡Cómo brillaba en sus ojos!

─Cuando fuimos a Rio de Janeiro, era porque ya habíamos mejorado  la técnica y nuestro repertorio era más variado. Así que, latinizamos nuestros nombres (los anteriores eran Mussapere y Herundy) confeccionamos unos avíos con plumajes coloridos y nos denominamos como nuestra tribu, Los Indios Tabajara.

─ El caso fue, que para nuestra propia sorpresa, el largo esfuerzo comenzó a dar su fruto pues, aun estábamos aprendiendo a leer -por cierto, todavía devoramos los libros como si se fuesen a acabar pues es la forma directa de alimentar la memoria personal, a partir de las experiencias ajenas- cuando empezamos a ver nuestros nombres en el periódico ¡Llegamos a tener esos recortes en nuestro equipaje, hasta que se deshicieron!

    Ahora intervino Antenor.

─Creo que lo que más nos ayudó al principio –y todavía es así- fue el sentido del humor de Natalicio, del que echaba mano para que la gente no reparara en nuestras faltas como músicos y se riera con las bromas que intercalaba entre pieza y pieza.

 

─Dadme un ejemplo por favor.

─Estando en Estados Unidos llegó a comentar algo como “Dicen que mi inglés no es muy bueno pero… ¡A los japoneses les encanta!” O la vez que estábamos en Italia… ¿Te acuerdas Natalicio?

─¿Recuerdo qué?

─¡Lo del embajador!

─Ah... Era en Roma

─Bueno. El asunto fue que nos enteramos de que el Embajador de la República de la India estaba en uno de los balcones presidenciales y al terminar un set latinoamericano, Natalicio dijo algo como “Tenemos el honor de la visita del embajador de la India con su familia ¡Un aplauso para ellos! …Por cierto, le voy a pedir el favor de que al final de la presentación me espere porque, en vista de que Cristóbal Colón estaba equivocado, estamos interesados en  ver a un verdadero indio con certificado de origen”. . .


─Precisamente, antes de que me habléis de sus giras internacionales, quisiera volver a la parte histórica. Entendiendo que en vosotros se desarrolla la historia de la civilización occidental en pequeño.

    A lo que Natalicio replicó con su amplia sonrisa.

─A propósito. No sé quiénes se interesan más en nosotros, si los músicos o los antropólogos.

─En efecto Natalicio, esa es mi inquietud, pues todo lo que me habéis contado no explica todavía lo que los grandes académicos han comentado acerca de vosotros, cuando afirman que infunde respeto la disciplina requerida para hacer la versión de “El vuelo de la Mosca” de Jacob Bittencourt o la adaptación a guitarra que hicisteis del Nocturno Opus 9 para piano de Chopin o la Ronde des Lutins  para violín de Bazzini y qué decir de los contrapuntos que han hecho  de las complicadísimas fugas de Bach. Incluso, aquí en Madrid, donde los críticos suelen hacer añicos a guitarristas notables, vosotros habéis tenido un éxito que se resume en ese titular de primera plana “La Historia se invirtió. Ahora son unos indios los que conquistan a España”.

    Esta vez fue Antenor quien me atajó.

─Por supuesto, esto es algo que nos da mucha alegría, pero, en toda nuestra carrera, la mayor satisfacción profesional que hemos tenido fue en 1958, cuando estábamos en Nueva York y logramos contactar una cita que estaba concebida como un breve compartir con una sola persona; pero el compartir se fue convirtiendo en una presentación, al punto que, el anfitrión, decidió hacer unas llamadas y cancelar los compromisos que tenía esa noche, para dedicarse a oírnos. Se trataba, nada más y nada menos, que de Andrés Segovia, el artista que elevó a la guitarra a la categoría de instrumento de concierto. El caso es, que tocamos para él por más de dos horas.

   


La sonrisa de satisfacción de Antenor era tan radiante y a la vez tan discreta como lo puede ser una huidiza luciérnaga. En ese momento, se apersonó el sommelier para escanciar una botella, y aproveché para aclarar más lo que les había planteado.

─Contadme de ese salto a la música académica.

    Antenor volvió a responder.

─Nuestro período de aprendizaje ha sido largo, de hecho ¡Todavía estamos aprendiendo! Por mucho tiempo trabajamos en cervecerías, pero en las tardes íbamos al cine, pues las películas eran una forma de conocer más de ese mundo que de continuo estábamos explorando. Fue precisamente allí, donde vimos un film acerca de Frédéric Chopin. El hechizo fue tan grande que al día siguiente compramos un primer disco de clásicos y no hemos dejado de coleccionarlos. Pero también comprendimos que abordar esta música no era como hacerlo con la  popular. Estaba claro que si queríamos emprenderla con la clásica, teníamos, no sólo que doblar las horas de ensayo, sino también, estudiar música en serio.  Lo cierto es, que el costo era inmenso. Por un tiempo lo discutimos, pues teníamos en cuenta, que tendríamos que desaprender para aprender de nuevo.

─Si hay algo que uno comprende con los años, es que los atajos tienden a hacer más largo el sendero. No sé hasta qué punto, la falta de música de nuestra niñez fue también un aliciente para emprender la tarea con tanta, disciplina y pasión. Aunque, debo reconocer que hubo un incidente que nos convenció. Pero pasaron años antes de colocar piezas clásicas en el repertorio.


─Me consta que es un sonido excelente. Pero decidme ¿Cuál fue ese “incidente”, que os decidió a estudiar la música de manera formal?

    Esta vez fue Natalicio quien respondió.

─Precisamente, cuando nos debatíamos en el dilema de volcarnos o no a la música clásica. Nos presentamos en un local de Sao Paulo donde, el maestro de ceremonia nos presentó con algo que…ahora que lo veo en frío y a la distancia, reconozco que era totalmente cierto, pero en ese momento me cayó como un balde de agua fría en medio de un profundo sueño. Sin embargo, gracias a eso –todo hay que decirlo- fue que nos dedicamos a aprender.  Pues bien, la presentación, fue algo así: “He aquí unos indios ignorantes de la teoría de la música pero que a pesar de eso, la hacen sonar de maravilla”.

-----


Antenor y Natalicio Moreyra Lima “Los Indios Tabajara” tuvieron una trayectoria artística de más de cuarenta años, que los llevó a hacer giras en Sudamérica, Norteamérica, Europa y Japón. Además de su obra clásica, se les recuerda por sus versiones para guitarra del cancionero popular y folklórico internacional, algunas grabadas en los idiomas originales –dominaron seis lenguas, además de la materna-. De ellos, La RCA Víctor publicó diecinueve Larga duración, de los cuales, los más reconocidos son “María Elena”, “Amapola”, “Always in my heart” “¿Por qué eres así?” y “Casually Classic”.

 

Alí J. Reyes Hernández

Caracas, Febrero del 2015


Esta  crónica fue merecedora de "Mención Honorífica" en el Concurso  Literario Orellana Lee IV, de temas amazónicos, del puerto de El Coca, Orellana, Ecuador, organizada por el Museo y Centro Cultural de dicha ciudad, en noviembre del 2020.

domingo, 8 de noviembre de 2020

Atila

 


He aquí, no cabeceará

Ni dormirá, el que guarda a Israel

Salmo 121: 4

Me encontraba en una larga fila en la fachada del auditorio de los tribunales. Había gente de todas las edades, y sobre todo madres con sus hijos, pocos hablaban pero muchos lloraban. En mi caso, esa fila era el último paso de un largo periplo.

Todo comenzó en junio de 1960, cuando comparecimos ante un hombrecito de no más de metro y medio, que parecía  haber dormido con la ropa puesta. Era Isser Harel, el propio director del servicio secreto israelí “Mossad” que nos convocaba. Sin mucho preámbulo, apagó las luces y proyectó la foto de un hombre caucásico con el impecable uniforme negro de oficial de las SS.

―¿Reconocen al personaje?

―Adolf Eichmann, jerarca del departamento de exterminio en las SS.

―Muy bien. Nos han llegado informes que parecen indicar su ubicación.

La sorpresa nos enmudeció. Harel continuó.

―Los informes nos llegan desde Argentina. La obtención de fotografías de Eichmann ha sido algo muy difícil pues ni siquiera en sus buenos tiempos se dejaba fotografiar, de hecho, siempre pedía los negativos de sus fotos de carnet.

Pasemos a la segunda transparencia.

Aparecía un señor entrado en años, con lentes de pasta.


 ―“Ricardo Klemet”. Nuestro departamento de antropología y anatomía comparada, indica que puede tratarse de la misma persona. Tenemos dos años cotejando datos. El señor Klement vive en los suburbios de Buenos Aires con su esposa y tres hijos. El último es un bebé de un año, pero los otros dos, tienen la misma edad que correspondería a los hijos de Eichmann nacidos en Alemania. Hace un año, estuvieron celebrando una reunión el mismo día que se cumplía el aniversario de bodas de los Eichmann, y la última vez que volvieron a celebrarlo, el número de pastillaje en la torta, coincidía con los años de casados de los Eichmann. En vista de tanta coincidencia, aseveraciones y sentido de la oportunidad, tenemos que despejar toda duda lo antes posible.

―La operación “Atila” (les debo el nombre bíblico) consistirá en hacer la confirmación in situ más allá de toda duda.  Para ello deberán secuestrarlo en el territorio de un país amigo y, de ser de verdad nuestro hombre, sacarlo en secreto. El Estado está dispuesto a afrontar el escándalo internacional que eso acarreará.

Alguien preguntó: ¿cuál es el problema de pedir su extradición?

―Buena pregunta. Las autoridades argentinas filtrarán la información y le permitirán escapar. No sería la primera vez. Ya pasó antes, cuando supimos que en Argentina estaba Joseph Mengeler “El Ángel de la muerte” ─el médico que casi hizo un máster en fisiología de condiciones extremas, usando Auschwitz como un bioterio humano─. . Pero esta vez se trata del premio gordo y no lo vamos a arruinar. Vale decir con esto, que se internarán en un verdadero santuario nazi tan peligroso como un nido de terroristas suicidas.

-------

Para mí el caso tenía implicaciones personales. Siendo un niño de cinco años, mis padres me sacaron de Polonia y huimos a Palestina. Pero Fruma, mi hermana, tenía esposo e hijos y tuvo que quedarse. Ya se las arreglaría para luego reunirse con nosotros... Pero nunca pudo hacerlo porque en 1939, Alemania invadió Polonia.

Las noticias de nuestros seres queridos se interrumpieron, pero el final de la hecatombe tampoco nos alivió. Solo silencio. Hasta que comenzaron a llegar informes dispersos y luego los documentales de los campos de exterminio y comprendimos la enormidad de lo sucedido.

Ahora tenía la oportunidad de estar cara a cara con el jefe de las SS responsable de esos campos.

-------

En menos de tres años, el ambicioso Eichmann, había pasado de ser un simple  sargento, a convertirse en el encargado de deportar a los judíos de Austria. Luego fue transferido a Berlín para asesorar a la Gestapo en el “asunto judío”. Hasta que, de nuevo en la SS, pasó a ser el responsable directo de la “depuración judía” del Tercer Reich, dando marco teórico-práctico a la  “Solución final”, de la que había hecho muchos ensayos. Por ejemplo, en Minsk, Bielorusia, mientras supervisaba una larga trinchera donde caían los cuerpos de los judíos mientras se les disparaba en la nuca, Eichmann recordó “Había una señora con una criatura en los brazos. Le dispararon a ambos, pero los sesos del bebé salpicaron mi sobretodo. El chofer me ayudó a limpiarlo con su pañuelo”.

 Eichmann fue el primero que advirtió que esa forma de ejecución era un despilfarro, además de tener un impacto devastador sobre la moral de los efectivos. Así que en 1941, Inaugura el campo de Belzec, infraestructura reluciente, césped inmaculado, rodeado de una cuidada jardinería, lejos de los centros poblados, que ocultaba cámaras de gas con una capacidad instalada de exterminio de quince mil seres humanos cada 24 horas. La que precedería a nombres como Birkenau, Belzec, Treblinka, Mathausen, Dachau y muchos otros.


Todo esto en el marco de “captación y acarreo” que arbitraba el diez por ciento del sistema ferroviario nacional  y que fue perfeccionando con un tesón digno de mejores causas. Entre tanto Eichmann le daba una prioridad a su objetivo, al punto de negar sus trenes para el traslado de presos políticos, o a las mismas tropas de la Wehrmacht, pues su misión le parecía tan importante como ganar la guerra. Incluso, cuando los frentes comenzaron a retroceder, no toleró el intercambio de prisioneros de guerra alemanes por civiles judíos. Y cuando el Tercer Reich se caía a pedazos, maniobró para mantener la logística de los campos de forma tal que no se detuviera el proceso de exterminio.

Gracias a un capitán alemán de las brigadas montañistas del Alpes Korps, teníamos el reporte escrito de la última vez que se le vio:

“En marzo de 1945, recibí la orden de internarme en los Alpes   austríacos, todavía en invierno, para iniciar una desesperada guerra de guerrillas y me asignaron al coronel obersturmfuhrer  Eichmann como oficial agregado. Todavía no habíamos iniciado las operaciones cuando recibí la contraorden de deponer las armas y desmovilizar la unidad. La guerra había terminado. Ordené la marcha hasta una bifurcación de senderos en el bosque y ante mis hombres, me dirigí al coronel.

―Mi comandante, el sendero de la derecha, el del oeste, baja hasta  Suiza y el de la izquierda desciende hasta el principado de Liechtenstein. Estoy dispuesto a rendir las armas a la primera unidad aliada que avistemos y de ninguna manera queremos ser capturados junto a usted. Así que, marcharemos al contrario de lo que usted decida.

Lo vimos descender la cuesta del oeste con el uniforme de Alpes Korps, sus armas y provisiones de campaña para solo dos días”

--------

La fila comenzó a avanzar hasta una mesa donde unos policías registraban nuestros datos. Mientras pasaba a la otra fila, recordé a nuestro grupo de élite. Uzi, un genio de la mecánica, Aaron, mago del disfraz y técnico en medicina de emergencia. Todos tenían entrenamiento en defensa personal del más alto nivel, pero  yo, como instructor de artes marciales, tendría la responsabilidad de la detención. Todos Liderados por el regordete y miope, Rafael “Rafi” Eitain “El hombre de la máscara de hierro” apodo debido a que en sus ratos libres, se dedicaba a acarrear chatarra de las chiveras para diseñar esculturas cubistas tocado con una máscara de soldador y un soplete, aunque todos sabíamos que el sobrenombre iba más allá del pasatiempo, dada su veloz capacidad de improvisación y su escalofriante sangre fría.

Los primeros días de mayo de 1960, llegamos a Buenos Aires con pasaportes alemanes y británicos. Pero, en la misma puerta del avión, un golpe de llovizna y el frío que calaba los huesos, nos hizo caer en cuenta de que el primer error de uno de los equipos de un servicio de inteligencia tan reputado, fue de lo más tonto. Ninguno tuvo en cuenta que en el Hemisferio Austral estaba a punto de entrar el invierno.  La compra de abrigos descuadró nuestros viáticos.

Estuvimos estudiando la rutina de los Klement, en especial del señor  Ricardo. Comprobando todo lo que el equipo previo había recopilado por dos años: Trabajaba en una ensambladora de autos y tenía unos hábitos sin sobresaltos, todo bien cronometrado. Hice el recorrido de su casa a su trabajo y viceversa en los horarios que él utilizaba. Desde un terraplén del tren que quedaba como a trescientos metros, nos instalamos y con binoculares, observamos su rutina hogareña. Klement llegaba a San Fernando, suburbio de Buenos Aires donde vivía, entre las 7: 15’ a las 7:45’ a más tardar, encendía todas las luces de la casa y sentaba a su niñito en el regazo para ver pasar los trenes desde la ventana. Su vida era de lo más hogareña y predecible.

Entre tanto el propio Isser Harel llegó a la Argentina y se reunió con nosotros. Vino para finiquitar lo concerniente a la salida y tener listo lo de la casa destinada a retener al rehén, junto a tres casas más en caso de salidas abruptas. La casa principal estaba rodeada de una pared alta, lo que impedía que alguien atisbara la actividad interna.

El 11 de mayo de 1960, Aron y Uzi se levantaron al alba para dar la última prueba a los autos. “¡Están a un toque!”

En la tarde, faltando una hora para la salida, traté de descansar y hacer ejercicios de relajación mientras pensaba en mis seres queridos, mi madre y Fruma, pero no se apartaba de mí la imagen de Klemet. De ser positiva nuestra sospecha, estaría enfrentando a un soldado profesional que gracias a su sentido de la oportunidad y a su agudo instinto, había logrado sobrevivir durante quince años. El menor error de mi parte sería aprovechado por él.

--------

El mercedes lo conducía Uzi y en él íbamos Rafi y yo. El chrysler nos seguía de cerca conducido por Aaron. Hicimos el recorrido en silencio. Llegamos poco antes de las 7.15’ estacionamos en la calle Garibaldi, a veinte metros de la casa de los Klement. Y cerca, en el paso a desnivel, donde comenzaba la carretera, podíamos ver el chrysler con los faros apagados.

La calle estaba desierta y barrida por un viento gélido, había relámpagos pero no llovía. Salí del auto protegiéndome del frío como pude. Cuando pasaron veinte minutos. Toqué una ventana del mercedes. Al bajarse el vidrio y asomarse Rafi, le dije:

―Nuestro hombre se ha demorado mucho.

―¿Crees que llegó más temprano hoy?

―No lo creo, pues las luces de la casa están pagadas.

― Entonces vamos a seguir esperando.

Minutos más tarde, en dirección nordeste, desde Buenos Aires, vimos las luces del conocido autobús 203. De inmediato Uzi salió, y levantó el capó. En ese momento un joven en bicicleta al ver el mercedes con el motor abierto, pedaleó hasta nosotros con intención de ayudarnos. “¡A buena hora nos encontramos con un buen samaritano!”. Uzi le sonrió, bajó la tapa del motor y le dio un golpecito afectuoso al carro. El joven saludó y al doblar la esquina, Uzi volvió a levantar el capó.

Entretanto Klemet había bajado del autobús y su silueta se recortaba por las luces de los carros. Cuando entró en la Garibaldi y se acercaba al vehículo estacionado, comencé a acercármele  despacio desde su vía contraria para poder interceptarlo cerca del mercedes. Los relámpagos iluminaban su figura enfundada en un sobretodo con el cuello levantado.

 ¿Se detendría al ver el auto estacionado?...Ni siquiera titubeó.

Podía oír sus pisadas regulares como un tic-tac. Al estar a un metro de él, pronuncié la frase en español que había ensayado por tanto tiempo: “¡Un momentito señor!

Se detuvo. Dio un paso atrás y me abalancé sobre su cuello, mientras que con el otro brazo le apliqué una llave. En ese momento perdí el equilibrio. Ambos caímos en la cuneta de la acera, pero no lo solté en ningún momento. Con mucho esfuerzo fui incorporándolo poco a poco y logré que nos pusiéramos de pie. Estábamos cubiertos de barro y aflojé un poco la fuerza de mi guante. De repente lanzó un grito de fiera acosada que ahogué volviendo a atenazarle el cuello.  Ya Rafi le tomaba los pies y me ayudaba a introducirlo. La sacudida nos indicó que Uzi hizo arrancar el vehículo, mientras que con un pañuelo Rafi lo amordazaba y le aplicaba unas esposas. Lo cubrimos con una cobija y permaneció acostado en el piso del vehículo.

--------

Ya en la casa. Rafi le indicó en español, que se quedara en ropa interior y Aaron ─que se sabía de memoria todas las referencias del expediente─ procedió a verificar las señas. El tatuaje del tipo sanguíneo había desaparecido, quedaba solo una cicatriz. Ayudé a Aaron a tomar las medidas de identificación anatómica, bajo la mirada alerta de Rafi. Hecha la comprobación Rafi procedió a preguntar en alemán:

Wie heissen Sie?

―Ricardo Klement.

Rafi volvió a insistir.

Wie heissen Sie?

Guardó un obstinado silencio. Entonces Rafi, se  dirigió a nosotros en inglés y nos dijo que nos veríamos obligados a preguntarle a su esposa. Y de nuevo se dirigió al detenido:

Wie heissen Sie?

Ich bin Adolf Eichmann.

----------

De allí en adelante comenzó la inquietante espera. Teníamos que hacer guardia las 24 horas.  La imaginación nos traicionaba continuamente. A la mano había un radio encendido todo el tiempo por si acaso transmitían algo con la palabra “Eichmann”. Era evidente que aunque las autoridades se hubiesen enterado de lo que había pasado, no habrían permitido que se hiciese público, pero todo esto revelaba la medida de nuestra paranoia. Rafi nos había ordenado no dirigirle la palabra al prisionero. Pero en una de mis guardias, éste me preguntó:

―¿Usted fue quién me capturó?

―Si.

―¿Y cuándo me van a matar?

―No vinimos acá a matarlo sino a llevarlo a juicio.

A lo que Eichmann se rio de manera cínica; por eso le repliqué.

―¿No cree en mi palabra?

―Los secuestradores no tienen palabra.

―¿Juzgando por su condición?

Permaneció en silencio y pasó al tema que en realidad le interesaba:

―Mi familia no tiene nada que ver con mis acciones.

―Eso lo sabemos. Por eso debe estar tranquilo, su familia, en especial su hijo menor, es intocable. Y en cuanto a usted, le repito que irá a juicio y será defendido por un equipo de abogados pagados por el Estado de Israel.

―Hasta que no lo vea no lo creeré.

--------

Para los 150 años de la independencia de Argentina, fue fleteado un avión de El Al (no habían vuelos directos Argentina-Israel). Parte de la tripulación era de agentes encubiertos.

Disfrazamos a Eichmann como un oficial de sobrecargo. Aaron había colocado una cánula intravenosa en el brazo del prisionero para administrar un sedante. En la garita del aeropuerto, a los guardias se les dijo que uno de los tripulantes se había pasado de tragos en la fiesta y no estaba en condiciones de trabajar, así que para disminuir los rigores del seguro escándalo laboral, querían que entrara de primero. Ya a la sombra de la nave, Eichmann quedó a cargo de nuestro personal encubierto.

Luego supimos que al salir del espacio aéreo argentino, el capitán de la nave anunció que Adolf Eichmann, iba a bordo y eso provocó una conmoción entre los pasajeros al punto de que muchos lloraron.

-----

Luego de arreglar todo y  entregar las casas y los vehículos, tratamos de salir por avión pero las festividades habían llenado los cupos, así que nos vimos precisados a cruzar a Chile por tren. Al segundo día de estar en Santiago tratando de comprar un pasaje de avión, vi la palabra “Eichmann” en la primera página del periódico de un pasajero que viajaba conmigo en el autobús.

Nos costó otra semana salir de Santiago por aire, haciendo escalas. Entretanto el escándalo internacional ya estaba servido. El gobierno argentino, expulsó al embajador de Israel, puso la nota de protesta ante la ONU. Todo esto contribuía a la manía persecutoria que aumentaba por momentos y nos hacía ver agentes por todas partes. Esa suerte de tormenta sicológica duró las tres semanas que tardamos en llegar a Israel.

Ya en Tel Aviv, no se hablaba de otra cosa en todos los medios, pero no solo allí, sino que la atmósfera de euforia llegaba hasta la cotidianidad del hombre de la calle, tanto,  que era normal que gente que no se conocían se saludaran con un afecto inusual.

--------

Estoy en la fila ante una puerta que funge como un detector de metales. La traspaso y un guardia me señala la puerta del tribunal.



En realidad había un rumor continuo en el público ya que la mayoría pasaba solo para ver al acusado por un momento y salir. Me encaminé a un asiento que estuviera frente a la cabina de vidrio blindado donde estaba Eichmann  con unos audífonos y ante un micrófono. En ese momento se ventilaba el asesinato de noventa y siete niños checoslovacos. Hubo un careo entre el Fiscal y los abogados del acusado. Entonces el Juez pidió a Eichmann que respondiera.

―No tuve que ver nada con esos niños. A mí solo me pidieron un transporte y fue lo que aporté.

El Fiscal sacó un legajo para refutar lo dicho por el prisionero. En ese momento Eichmann dirigió su mirada al público y nos vimos frente a frente. Por un momento, los argumentos pasaron a segundo plano. Estuvimos así hasta que él bajó la vista.

Todo había quedado dicho. Me levanté y salí de la sala.

 

 

Peter Malkin estuvo en el Mossad desde 1950 y a comienzo de los años 90’ fue autorizado a escribir sus memorias “Eichmann in my hands”. Además de Malkin, los únicos nombres reales acá, son el de Isser Harel y Rafi Eintain.

El juicio a Eichmann se prolongó por ocho  meses. Fue ejecutado en la horca el 31 de mayo de 1962.

 

Alí Reyes Hernández

Noviembre 2017

Este relato de Alí Reyes fue publicado previamente en  la editorial Sweek  https://sweek.com/es/s/AAAFAwBsCAAFBQ4OBwYHDWYCCA==/Ali_Reyes/Atila