La desaparición del bisonte (cuento)
La
Desaparición del Bisonte
Para
Isaac S. Molinares A.
─Buenos
días… ¿El señor Robert Forman?
─Si.
Buenos días ¿En qué le puedo servir?
─Un
telegrama para usted.
Firmé el formato que me extendió, le di las gracias y procedí a abrir el
sobre.
Se trataba de la oportunidad que estaba esperando. Me ofrecía comprar el reportaje de la forma en que los bisontes fueron salvados de una segura extinción.Tenía mucho tiempo estudiando el asunto.
Resumiendo, puedo decir que, a pesar de que en la actualidad los estados han creado grandes parques nacionales donde medran a su antojo, además de los ranchos ganaderos donde se les da un manejo productivo y sanitario sin ninguna diferencia al realizado con el ganado tradicional; no obstante, esto es solo una caricatura de lo que eran para comienzos del 1800, cuando las pezuñas de las manadas hacían retumbar las planicies de Norteamérica levantando cortinas de polvo que palidecían al sol de la tarde y podían distinguirse en lontananza a millas de distancia. Exceptuando a los indios ─que movían sus vivaques según
el desplazamiento de las manadas y hacían cacerías de subsistencia y lo aprovechaban hasta la última pezuña, no solo para alimentación sino también para los enseres y la confección de sus hogares─ el bisonte no tenía ningún enemigo natural. Por eso, cuando los colonos comenzaron a toparse con estas moles cuyas hembras pueden pesar más que un toro y cuyos machos pueden igualar el peso de un rinoceronte, con una falta total de temor en su libre vagar por las llanuras abiertas, fueron un blanco fácil para esa nueva nación que se abría paso al oeste a disparo de Winchester de repetición.
En consecuencia,
hordas de rancheros, tramperos, obreros ferroviarios (las manadas paralizaban
por días el paso del tren) buscadores de pieles, cazadores de carne (acaso para
aprovechar solo la lengua) aficionados y
sobre todo, la campaña de erradicación contra las poblaciones indígenas que
dependían de los bisontes para su manutención, hicieron que las manadas se
convirtieran en objetivo militar, según la manida tesis de “sacarle el agua al
pez” para así doblegar a las tribus por
hambre. Vastas zonas se hicieron inhabitables a causa del hedor de los
cadáveres de bisontes y piquetes de la caballería, entre nubes de moscas y con
sus pañoletas en la boca, custodiaban el campo para impedir que los indios se
llevaran algún despojo.
Las matanzas fueron tan encarnizadas, que
para 1889 el zoólogo William Hornaday, luego de recorrer el país, solo pudo
censar quinientos cuarenta y un ejemplares.
Esta
situación desesperada movió a varias personas a tomar cartas en el asunto, pero
el más relevante fue el ranchero Miguel Pablo. Se trataba de un hijo de india y
mexicano que había sido adoptado por un escocés que le dejó como herencia una
infalible astucia comercial, aunada a una afición por las faenas vaqueras. En
1883, siendo ya un acaudalado ranchero, adquirió en Oregon un puñado de
bisontes que estaban destinados a ser vendidos para cuchillo y los llevó a su
propiedad para que vagaran libres en ella, además de dejar correr el rumor de
que sus campo-volantes tenían la orden expresa de disparar sobre cualquier
cazador furtivo que osara tan solo acercarse a ellos.
Para 1906, el grupo inicial de setenta y
cinco cabezas, se había convertido en varios centenares y su instinto mercantil
se sobrepuso al de conservador de fauna. Así que le ofertó el rebaño al
gobierno de Estados Unidos que, por trabas burocráticas declinó; no así el
gobierno canadiense, que se apresuró a ofrecer doscientos cincuenta dólares por
cada una de esas reliquias vivientes. Eso era mucho más que el costo del ganado
en pie, que no superaba el techo de los ciento veinte dólares por cabeza.
La única condición que ponía el Estado era,
que serían pagados cuando estuviesen en territorio canadiense. Para eso tenían
que ser embarcados en la estación de Rivalli cerca de la costa sur del lago
Flathead en Montana, para su traslado al norte. En el papel parecía fácil, pero
la realidad sería otra, pues ese año 1906 comenzaría el rodeo más salvaje de que se tiene noticia
pues, para someter a esos ochocientos animales de la última gran manada, hubo
que invertir cinco años y una ingente cantidad de recursos materiales y
humanos.
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Me apertreché de notas de todo lo
relacionado con ese último rebaño que, de hecho, constituye el pie de cría de
los actuales. No obstante faltaba el toque testimonial. Así que comencé mi
propia “batida” para dar con el paradero de algún sobreviviente de esa gesta.
Ubiqué a Nathanael Mathis y luego de un intercambio de telegramas, tomé el tren
con varias escalas hasta llegar a Caroston,
un fronterizo poblado rural al
sur de la provincia de Alberta en Canadá. Al llegar allí ubiqué a la persona
que podía llevarme al predio de los Mathis.
Hicimos el recorrido en un viejo Dodge Brothers con ganas de
desbaratarse de un momento a otro. Lo único que neutralizaba esta bienvenida era la belleza del paisaje
con sus campos de trigo y maizales resplandecientes al sol del verano. Ya en la
propiedad había un señor haciendo reparaciones a un viejo tractor, a la sombra
de un árbol. Me presenté, y de inmediato, pegó un grito que rompió el silencio
del mediodía.
─¡Emmilou, dile a tu abuelo que ya llegó
el periodista!
Entre revuelo de gallinas, pavos y gansos, secándome el sudor, fui conducido por la niña a una casa más pequeña, como en una colina. Subí la suave cuesta con la chaqueta en un brazo y el maletín de mano en el otro
y allí estaba en el cobertizo de una modesta casita de madera
sentado en una mecedora, pero dormido de la forma más plácida que se pueda
hacer ese “acto”. Lo menos que quería en ese momento era despertarlo, así que
me senté en una silla colocada frente a la suya. El sopor lo que pedía era una
pausa, además, la imagen que ofrecía Mathis era tan pintoresca que valía la
pena detallarlo. A sus casi noventa años, todavía se apreciaba que había sido
un hombre alto.
Sin previo aviso despertó como si lo
hubiesen llamado.
Me observó como si se tratara de una
aparición, hasta que logró recordar de quién se trataba. Saludé y me presenté.
─¡Así que el señor Forman! …Bienvenido
por estos lares.
─Gracias señor Nathanael. Vine para
fastidiarlo un poco.
─Puedes llamarme “Nat” como lo hacen mis
amigos. Alguien que viene desde una ciudad tan lejana a hablar con un viejo decrépito
no puede más que ser un amigo.
Respaldó esta afirmación con una carcajada sonora y prosiguió.
─Bueno, adelante, que lo peor que puedo
decirte es un “no sé”.
Eché mano del block de taquigrafía y la
estilográfica…
─Como usted ya sabe, quiero los detalles
de su papel en la última batida de bisontes, pero antes necesito que me
responda algo ¿Cómo fue que se inició en el oficio de vaquero itinerante?
Entonces fijó en mí sus ojos –tan azules
como lo puede ser el aluminio-
conminándome con ello a tomar sus palabras al pie de la letra.
─En realidad creo que lo primero que me encontré haciendo cuando descubrí que tenía uso de razón, era estar en el trasero de una vaca ¡Y vaya que no es un dicho cualquiera! …¡Esos eran mis juegos! A los seis años ya le ponía un lazo de collar a un ternero en carrera y luego me inicié como peón de caballos…A ver, déjame explicarte. Los trasiegos de ganado eran movimientos complicados.
A veces se podían transportar quinientas o mil reses y esto requería mucha organización y como consecuencia, una estricta jerarquía. Te explico: muy cerca de la punta del rebaño iba la carreta del cocinero. De más está decirte que se trataba del trabajador de más prestigio, no solo por ser “el chofer” del transporte de los enseres de cocina, sino por el mismo hecho de cocinar.
Todas las caravanas eran más o menos
iguales, vaqueros buenos había en todas partes, la diferencia radicaba en quién
tenía el mejor cocinero. Conocí a muchos pero el que más recuerdo era uno que
equivalía a un chef jefe en un Trasatlántico, “El Negro Joe”. Luego venía el
grupo de la “remonta” eran los cuidadores de los caballos y mulas de refresco
que sustituirían a las bestias cansadas, y esos, por lo regular eran unos
niños. Allí estaba yo. Teníamos que vigilar a esos animales tan nerviosos,
además de bañarlos y estar a las órdenes del cocinero ayudándolo en el acarreo
de agua. Luego venía el capataz, punteando el grueso del ganado, los vaqueros
veteranos a cada lado del rebaño guardando los flancos y atrás, abiertos en
abanico, los más novatos, la retaguardia, los verdaderos “come tierra” - de
nada servía amarrarse el pañuelo en la boca, igual comían tierra.
Su risa sonaba a cascabeles de alegría.
─Por todos esos cargos tuve que pasar. Solo
me faltó ser cocinero. De esa forma llegué a conocer todas las rutas ganaderas
y sus destinos: Abilene, Chenney, Ogallala, Wichita y aquí en Canadá, Calgary
como punto de los ganados trasegados de Alberta, Manitoba y Saskatchewan.
─¿Alguna raza de ganado en especial?
─Trabajábamos con todas las razas, pero
había una que comenzó a criarse en Texas, el ganado cornilargo o cuerno de…
¿Cómo se me va a olvidar ese nombre?...De esas pequeñas arpas que tocan los
angelitos en el Cielo
─Cuerno de lira
─¡Exacto!
Se trataba de un animal chocador y arisco cuya quinta parte de su peso
se iba en los cuernos, pero resistente más que cualquiera, aguantaban más sed
que un camello y no sé cómo, pero podía comer brozas del desierto y llegar a
destino “fresquecito”, por eso los colonos lo buscaban para las cruzas. En Rio
Rojo, Texas, se compraban a cinco dólares y en Abilene se podían vender a
cuarenta.
─¿Cuál fue la ruta más larga que le tocó
recorrer?
─¡Guauuu! …La recuerdo muy bien, porque
después que la hice prometí no hacerla nunca más.
Esta vez se rió golpeándose la rodilla con
la mano.
─Se trataba de un lote de casi quinientas
cabezas de cornilargos endemoniados ¡Desde Texas hasta Montana! ¡Seis meses de
travesía! Debes saber que en estos trasiegos tienes que hacer guardia a
descampado en la noche alrededor del rebaño. No era raro que nos quedáramos
dormidos en la montura y nos despertáramos a sacudones. Era un trabajo ingrato,
pero con la llegada de los trenes, luego los camiones y con el invento de un
señor de Illinois -el alambre de púas- las rutas se vieron precisadas a dar
grandes rodeos alrededor de las propiedades y los trasiegos comenzaron a
limitarse a las estaciones de trenes de las ciudades.
─Cuénteme ahora acerca del rodeo de los
bisontes ¿Cómo fue que pudo participar en él?
Dio un largo suspiro y exclamó:
─Al parecer como que esto va a ser más
largo que lo que supuse. Vamos a tener que atacarlo con un café bien caliente
para que no nos quedemos dormidos.
De nuevo enseñó sus dientes amarillos en
una amplia sonrisa
─¿Cómo lo quieres? ¿Solo o con leche?
─Solo, por favor.
Se levantó a hervir el agua y mientras el
señor Nat trasteaba en la cocina, me dediqué a contemplar el paisaje de Alberta que en lontananza se extendía
hacia el suroeste, con el sol ya refrescante de la declinación. Hasta que me
llegó el aroma y apareció en el porche con dos pocillos esmaltados de azul
claro con estampas de flores rojas. El de él, con muescas del peltre
desconchado, en tanto que el mío estaba intacto. Y todavía con los pocillos en
la mano me abordó diciendo
─¿Dónde habíamos quedado?
─En como fue que usted pudo entrar a
trabajar en el rodeo de los bisontes
─Ahh…Si. Debo adelantarte que participé en
las cinco temporadas. Y en total Don Miguel -el patrón del rodeo- llegó a
contratar a los treinta y cinco mejores vaqueros de Montana, Wyoming, Nevada y
Alberta.
Tomó su primer sorbo de café y prosiguió.
─Fíjate algo. Cada día de una travesía (noche y día, por supuesto) se pagaba a tres dólares, y el Indio –así llamábamos a Don Miguel- nos pagaba la jornada a cinco dólares, sin tener que vigilar el ganado en la noche y la paga incluía alojamiento y comida ¡Qué te parece! Eso sí, creo que fue el mejor equipo que llegó a reunirse,
pues Don Miguel era exigente hasta más no poder.
Era un hombre alto, con unos bigotes hacia arriba en punta, un vozarrón que
espantaba a los lobos y a pesar de que ya pasaba los sesenta años, podía permanecer
todo el día montado en el caballo como si tuviera las posaderas de palo y era
tan buen lazo como cualquiera de los vaqueros que dirigía.
»En cuanto al rodeo en sí…se trató de un
esfuerzo tan ingrato que se prolongó por años. Reunir a los bisontes a campo
abierto era fácil pues ellos mismos, al ventear la presencia humana, se agrupaban al llamado del padrote, pero
luego éste y el resto de los machos rodeaban al grupo en círculos, así que
moverlos de su querencia era una pesadilla de caballos “reventados” –en
ocasiones llegamos a cambiar de montura cinco veces en una sola jornada-. En
cierta ocasión logramos separar del grueso del rebaño una treintena de bichos y
yo estaba con los vaqueros que logramos dividir el grupo y de inmediato
comenzamos a arrearlos hacia Raville, para al menos salvar la semana. Pero por
encima de nuestros gritos se oyó el bufido del padrote desde el grupo
principal, tan fuerte como si el toro ese se hubiese tragado un coyote vivo. Al
oír eso, los que ya habíamos separado volvieron grupas de repente y se
desparramaron en estampida hacia el grupo principal ¡Y nosotros estábamos en el
medio! Vi cuando esa tromba salvaje se dirigía directamente hacia mí. Solo tuve
tiempo de saltar al árbol que me hacía sombra. De ese trance salieron muertos
dos caballos, uno era la yegua que yo montaba.
»En otra ocasión se ideó entrampar a los
“búfalos” en una hondonada rodeada con talanqueras a cada lado y en el fondo solo quedaba la pared de un risco, de forma tal que los frenara
el barranco y solo pudiesen salir hacia la manga de carga… ¡Qué va! No sé cómo
lo hicieron pero lograron subir el barranco ¡Parecían cabras! Increíble ¡Cómo era posible que una vaca de
esas, con casi mil libras, remontara semejante voladero!
Hizo una pausa para volver a tomar el
café. Por un momento entornó los ojos como retomando el hilo de los recuerdos.
─Fueron pocos los que pudimos aislar en
cada año, y en la última temporada todavía quedaban como cuatrocientos
animales, la mayoría eran machos recelosos. Porque a esas alturas se trataba de
unos bichos impredecibles. Al principio sabíamos cuándo venía la embestida pues
escarbaban el suelo, levantaban la cola y pitaban antes del choque. Pero a
estas alturas lo hacían sin avisar y en cualquier dirección. Sin embargo el
Indio era de esas gentes que no se resignan para nada y en un acceso de furia
amenazó con vender licencias de cacería dentro de su propiedad. Lo que levantó
un revuelo en los periódicos de Estados Unidos y Canadá al punto que, desde
Canadá fue enviado un lote grande de vaqueros y monturas para reforzarnos y
callarle la boca al Indio. Creo que eso era lo que él buscaba.
Y estalló en una risa pícara.
─Cada año las talanqueras tenían que ser
reforzadas. Los vagones hubo que
modificarlos también, para pasarlos de los
ganaderos convencionales, habilitados para diez reses, a otros que tenían compartimientos más
pequeños que solo podían incluir un toro
una vaca y un ternero, no más. Pero todo eso se implementó después de la
primera temporada. Allí comenzó todo…te cuento. . .
Sabíamos que iba a ser un trabajo rudo
¡Pero ni nos imaginábamos que iban a ser cinco temporadas! Nos costó un mundo lograr mover los “búfalos”
hasta la estación, era todo el trabajo de una semana. El rebaño entró a pasitrote por el embudo de
la estación y siguió sin variación por la manga de lo más relajado, baja las testas y con la cerviz bamboleante.
Nadie hubiese creído que ese rebaño de aspecto tan vacuno nos hubiese dado
tanto trabajo. Sorprendía que, en vez de unas poderosas moles que nos habían hecho
largar los bofes, pareciera más bien un rebaño de ovejas gigantes. Se dirigían
a la rampa de subida del primer vagón de ganadería -todavía no habían sido
modificados-. Todo iba tan normal que los empleados de la estación que estaban
sentados sobre las talanqueras para ver de cerca esas bestias antediluvianas,
se distrajeron mirando despreocupados hacia atrás donde se oían los lejanos
gritos de unos vaqueros que se acercaban con otra punta de bisontes.
Precisamente en ese momento, el padrote puntero, sin apenas interrumpir su
paso, agarró impulso para subir la rampa junto a otros machos que iban a su
zaga.
»De repente…el estruendo de un relámpago
demasiado cercano y a pleno día, un sonido intempestivo, como si las trompetas
del Juicio Final hubiesen descendido a destiempo hasta los mortales, nos hizo
estremecer de pavor ¡Qué fue eso!
Todos volteamos hacia el vagón. El padrote y
sus compañeros habían hecho saltar el mamparo del costado lateral de vagón de
carga por donde entraron y junto al resto del rebaño lo hicieron astillas
mientras que saltaban alegres como cabritos a través de la quebrazón de tablas
y vigas retorcidas, cayendo al otro lado de la vía donde los obreros corrían
despavoridos a subirse a los techos de los vagones aparcados; no obstante los
bisontes no tenían intención de perseguir a nadie, sino que se abrieron paso a
trote corto desparramándose valle abajo.
»Al disiparse la nube de polvo y en medio
del silencio de expectación solo interrumpido por uno que otro fleje metálico
que todavía permanecía vibrando, todos seguíamos inmóviles y con la boca
abierta ante una devastación tan increíble. Y dándole gracias al Cielo de no
haber estado interpuestos en el camino de ese alud salvaje. Cuando, desde la
talanquera, un gracioso interrumpió nuestras reflexiones.
»¡Miguel Pablo! ¿Esto es lo que tú
llamabas “La desaparición del bisonte”?
Alí Reyes H.
Junio del 2014
Comentarios
La caza de los bisontes es un reflejo perfecto de lo que somos los humanos. Imagina, para los indios eran animales sagrados, los cazaban con respeto, liberaban su alma, de alguna forma casi pedían permiso. Un día, de la nada, surge una raza de termitas que los caza casi por diversión.. imagina el choque cultural que debió suponer eso.
Si hay un fondo histórico en la misma yo me fijo en el personaje que intenta librar de la extinción de los búfalos que es un mestizo entre mexicano e india o aborigen.
Saludos.
GATA BEAUSEANT Esa comparación es de palabras mayores, no te imaginas cuánto me honra. Y en cuanto a nosotros los humanos…somos depredadores y autodestructivos, creo que los deportes violentos son los que subliman un poco ese afán de arrasarlo todo. En todo caso, es muy poco los que nos separa del trampeador de mamut que todavía llevamos dentro. En otro orden, haré un nuevo intento, no de leer tu blog, porque siempre lo hago, sino de escribir un comentario, es que se me ha hecho difícil hacerlo allá.
TOMÁS B De verdad que fue significativo que el salvador de los bisontes fuese salvado por un hijo de mexicano e india. Y gracias por identificar ese detalle.
Estupenda tu aportación.
Un abrazo.
Un fuerte abrazo ALI!
Un abrazo
Salut
JP ALEXANDER Si te sentiste así, entonces es que se logró el objetico. Gracias por tu valioso aporte
MARÍA Qué bueno que te gustó. Valoro mucho tu opinión. Y más si se trata de uno de mis escritos que está preparándose para aparecer en un libro. Y en cuanto a lo de la vocación destructiva humana… ya lo habíamos discutido… para mí, lo natural es que seamos seres depredadores por excelencia, y eso de los buenos deseos, creo que es algo sobrenatural o, mejor dicho, contrario a nuestra naturaleza
LUIS CAMPOY Si alguien es detallista, ese eres tú, al reparar en la elección de los nombres. Eso me permite hacer ciertas aclaratorias
Robert Forman es el nombre de quien tomé los datos, es decir la fuente. Su reportaje venía en un antiguo atlas de zoología divulgativa y cuando lo leí me sorprendió, por eso lo incluí como un personaje.
Miguel Pablo es un personaje histórico que debería hacérsele una estatua o que algunas reservas naturales llevaran su nombre… me parece que no es así, por lo tanto vaya mi homenaje por medio de este relato basado en su valioso aporte a la fauna.
Natanael Mathis, este nombre me gustó, primero porque se trata de un nombre bíblico y “Mathis” por Johnny Mathis, un cantante de los 60 que ponía como fondo musical y me ayudaba a inspirarme cuando escribía el cuento.
Emulou, la nieta de Nat, aparece con ese nombre gracias a otra artista cuyas canciones me ayudaron cuando escribía, se trata de Emilou Harris, de la que ya he escrito por acá en alguna ocasión.
En fin, gracias por ayudarme a dejar por escrito ese detalle que, parece sin importancia, pero que en realidad para mí, es digno de ser esclarecido.
Para finalizar te dejo lo que escribí acerca de Emilou
https://tigrero-literario.blogspot.com/2019/07/jambalaya-la-cancion-del-pantano.html
SARA Me siento muy halagado con eso de que te parezca que pueda hacerse un guion con esto…guauuu.
Y en cuanto a los bisontes europeos, esa noticia de que dejaron libre a algunos en una reserva de tu tierra es importantísima. Si pudieses hacer una entrada con esos datos y fotos sería una maravilla. Es posible que todavía haya gente en Europa que desconozca del asunto.
Feliz fin de semana.